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En Agosto de 1819 unos
mil hombres de la Legión irlandesa, después de un viaje por mar de 4500
millas, desde Dublín, arribaron en la Isla de la Margarita en Venezuela.
Estos soldados de fortuna, muchos de ellos veteranos dados de baja en las
recién terminadas Guerras napoleónicas, buscaban ahora la fama y la aventura
en los ejércitos del Libertador de América del Sur, Simón Bolívar.
Durante los años 1819 y 1820, más de 2.100 soldados irlandeses llegan a
Venezuela como miembros del regimiento irlandés. Pero también se enrolaron
dentro de las unidades británicas, así que nombres como Murphy, Larkin, Egan,
Casey, Lanagan y McCarthy, serán los testigos de la presencia de centenares
de soldados irlandeses adicionales.
Bolívar valoraba afectuosamente la dedicación y la experiencia de sus
oficiales irlandeses. Él nombró al Dr. Thomas Foley, un natural de Kerry,
inspector general de los hospitales militares. Artur Sanders, también de
Kerry, sirvió como brigadier-general a las órdenes de Bolívar, a él se le
dedicó una calle con su nombre, en la ciudad de Cuenca, Ecuador. Bolívar le
debió su vida a otro irlandés, su lugarteniente, el coronel William Ferguson
de Antrim quien murió mientras defendía al Libertador de sus rivales
políticos.
Pero fue un joven oficial del condado de Cork, Daniel Florence O'Leary,
quien se ganó la más alta estima de Bolívar. Después de observar a éste
joven corkniano en la acción, Bolívar agregó a O'Leary su personal. Como
miembro del Cuartel de Bolívar, O'Leary logró el rango de Brigadier General
y jugó un rol importante en la planificación de la estrategia política y
militar.
Los sagaces instintos históricos de O'Leary, combinados con una recopilación
meticulosa de documentos de guerra, le ganan a este irlandés un lugar de
honor dentro de la historia Latino Americana. Sus memorias, publicadas en
Caracas, por su hijo, Simón Bolívar O'Leary, colman 32 volúmenes. Esta
recopilación extraordinaria de correspondencia y documentos efectuada por un
testigo ocular, ha demostrado ser un recurso indispensable para todo
biógrafo e historiador ulterior al periodo de la Independencia.
En Colombia, en su capital Bogotá, dónde O'Leary muere por una hemorragia
cerebral en 1854, existe busto de héroe irlandés coronando una plaza.
Durante 1882, el gobierno venezolano exhuma los restos de O'Leary
llevándolos a su propia capital, Caracas. Allí, con los más altos honores
públicos, el erudito soldado fue situado para reposar en el Panteón
Nacional, sagrado camposanto del mismo Bolívar.
Entre la correspondencia cuidadosamente conservada por O'Leary existe una
carta, de 1820, escrita a Bolívar por Daniel O'Connell, inteligente orador y
abogado líder de la campaña por los derechos civiles de los católicos
irlandeses. Para el punto de vista de O'Connell, la guerra de Bolívar contra
España se compara a su propia lucha contra Inglaterra. Como una expresión de
solidaridad personal le ofrece a Bolívar, para que luche a su lado, a su
hijo Morgan, quien en ese momento contaba con 15 años de edad.
"Hasta ahora, ---- escribió O'Connell a Bolívar ---- solo he podido darle
buenos deseos a su noble causa. Mas tengo un hijo capaz de empuñar una
espada en su defensa, yo se lo envío ilustre señor, para que le admire y
aprenda con su ejemplo." Con esa carta en la mano, el Capitán Morgan
O'Connell llega a Margarita el 12 de junio de 1820 y se presentó para servir
como el funcionario más joven de la Legión irlandesa.
A pesar del entusiasmo juvenil de Morgan, su padre y Simón Bolívar no fueron
probablemente aliados. Bolívar fue un hombre de acción, quién emprendió la
guerra a la muerte contra sus enemigos realistas. Mientras que O'Connell,
por otro lado, se dedicó a una lucha no violenta, y repetidamente afirmó que
por la libertad no merecía la pena derramar una gota de sangre.
Pero la lucha en la Venezuela remota despertó la secular tradición irlandesa
de enviar a sus hijos a servir en guerras extranjeras. La causa de Bolívar
había tocado la vena romántica de O'Connell, anteponiéndose a su muy
conocida antipatía por el derramamiento de sangre.
Así como fue para O´Connel, fue para el resto de Irlanda. solidarios
organizaron en Dublín, a los Amigos irlandeses de la Independencia sur
americana, y 2,000 de los ciudadanos principales de Irlanda asistieron a un
banquete de sociedad el 19 de julio de 1819. Atraídos por las publicaciones
y prospectos, los hombres jóvenes se ofrecieron ansiosamente para la Legión
Irlandesa. Daniel O'Connell patrocinó los eventos de recaudacion de fondos,
y la Señora O'Connell honró al enérgico Regimiento de Caballería de la
Legión con la presentación pública de los estandartes de la batalla.
No todos aquéllos fascinados por la Legión compartieron los motivos nobles
del O'Connell. De hecho, el problema comenzó con el comandante de la Legión,
John Devereux del Condado Wexford. Llamándose a si mismo mayor-general del
Ejército de Venezuela, Devereux no tenía entrenamiento militar formal ni
experiencia. Vistiendo un uniforme deslumbrador y luciendo una espada
engastada en joyas era un perfecto agente de reclutamiento. Pero cuando los
reclutas salieron a navegar, Devereux se quedó atrás viviendo a lo grande
con las cuotas que él cobró a los oficiales por su inclusión en la Legión.
Algunos años antes, mientras trabajaba como un sobrecargo - oficial
comercial en un buque mercante-Devereux se tropezó con Bolívar cuando aariba
en su navío al puerto colombiano de Cartagena. Dándose cuenta de una
oportunidad de negocios, el irlandés ofreció juntar una fuerza de 5,000
hombres. Bolívar le prometió $175 para cada soldado que arribara Venezuela.
Al regresar él a Irlanda se ganó la confianza O'Connell, Devereux se
aprovecha del prestigio del patriota irlandés para organizar su proyecto de
hacer dinero. Mientras que la Legión atraía a muchos soldados profesionales,
Devereux abrió las puertas a los aventureros y ociosos. Aunque él sabía que
los soldados locales de Bolívar servían sin el sueldo, Devereux prometía al
recluta irlandés un tercio más de la paga del Ejército Británico. Y selló
los tratos con promesas de concesiones de tierra y pagas extras en efectivo
al término de la campaña.
Los Legionarios que arribaron a Margarita aquel agosto de 1819 pagaron caro
las mentiras de su comandante. Los oficiales venezolanos, sin conocer que
venían los irlandeses, no habían preparado ni albergue ni las raciones.
Bolívar, con apenas $1,000 en su tesorería, no podría pagar a los
irlandeses. Mal vestidos y con pobres suministros médicos, los empobrecidos
europeos se encontraron completamente desprevenidos ante los rigores de un
clima tropical.
Al ver esto, unos 40 oficiales irlandeses regresaron a casa en las naves que
los trajeron. Para aquéllos quienes se quedaron, los meses siguientes
demostrarían ser una pesadilla de lucha por la supervivencia. Después de
entrenar durante seis horas al día bajo un sol tropical, los irlandeses se
retiraban a chozas de pescadores, esparcidas alrededor de la isla,
infestadas de pulgas. Se vieron obligados a mendigar y vender sus ropas para
complementar su ración diaria que solo consistía en un puñado de arroz y
media pinta de ron.
La combinación de calor, humedad y agua impura proporcionaron el abono
perfecto para la enfermedad. La disentería, tifo y fiebre amarilla diezmaron
las líneas. Los uniformes y las botas se deterioraron rápidamente, dejando a
muchos hombres descalzos y semidesnudos. Las picaduras de insectos y
lesiones debido a las espinas propagaron infecciones, y los cirujanos
amputaron miembros invadidos por úlceras tropicales y gangrena.
Las arenosas playas de margarita se transformaron en cementerios irlandeses.
Todos los días, en la orilla, se enterraban los cuerpos de diez a veinte
hombres colocados dentro de burdos ataúdes fabricados con duelas de barriles
de madera. Algunos soldados ahogaron sus penas con la bebida, mientras otros
decepcionados de la disciplina del ejército y desertaron. Barreras en el
idioma impidieron la comunicación con su nuevo comandante, el General
Mariano Montilla quien nunca habló
inglés. En el 6 de marzo de 1820, cuando Montilla dio los órdenes para
marcharse, la muerte, la deserción y la enfermedad habían pasado su factura:
al pasar él revista sólo quedaban 450 de los 1,000 irlandés que había
arribado siete meses antes.
Bolívar empleó la Legión como una fuerza de incursión anfibia, distrayendo
las guarniciones realistas de la costa del norte Colombiano mientras
desarrolla la campaña interior. Los irlandeses desempeñan con su primera
asignación de batalla, desembarcando de sus naves en medio de un fuerte
oleaje y reteniendo una fortaleza enemiga en el pueblo costeño de Riohacha.
Con los Realistas derrotados, la Legión enarbola su bandera -- una arpa
irlandesa -- en el fuerte de Riohacha y ocupan el pueblo.
Estando en Riohacha, a Montilla se la ordenó marchar con la Legión al sur
oeste, por la desolada Península de la Guajira, hacia el pueblo venezolano
de Maracaibo. Pero los indios de Guajira, armados por los españoles,
opusieron una resistencia feroz. Ellos sacaron de combate la avanzada en una
emboscada, y asesinando a los que salían a buscar agua. Un grupo de
retaguardia irlandés, fue calcinado a morir cuando los indios quemaron sus
chozas.
Excedido en número y superado en estrategia, Montilla ordena la retirada. De
ningún refuerzo podía contar la Legión desde Riohacha ya que aquellos
estaban cercados por una fuerza enemiga de 1,700 hombres. Los lanceros
irlandeses, bajo el orden de Coronel Francis Burdett O'Connor del condado de
Cork, salvan el día. Apoyado por dos cañones de campo y de una compañía de
excelentes tiradores, O'Connor guía a sus hombres en una carga relámpago que
hace huir al enemigo. Entre todos el hecho más notable fue que los lanceros
--- supuestamente caballería liviana --- no tenían ni siquiera un caballo
con ellos.
Contento con la valentía de O'Connor, Montilla ordena de nuevo el avance,
declarando que sus irlandeses incluso podrían derrotar a una fuerza realista
mayor. Pero los temores de Montilla superan pronto su confianza; a la
primera señal de resistencia, ordena de nuevo la retirada. El temeroso
general frustra a las tenaces tropas, aumentando los agravios por encima de
la falta de paga y la escasez de agua.
El disgusto abrió la posibilidad de un motín dentro de las tropas. Negándose
a aceptar las órdenes de Montilla, muchos exigieron ser devueltos a Irlanda.
Cuando la disciplina se derrumbó, algunos soldados saquearon el pueblo,
robando bebidas alcohólicas y saqueando valores. Los incendios comenzaron, y
antes de que ellos pudieran extinguirse el fuerte había explotado y el
pueblo se había quemado hasta sus cimientos.
Aun cuando soldados no irlandeses también se encontraban involucrados en el
incidente, Montilla culpó de toda la destrucción a los Legionarios. Furioso,
pidió que los amotinados fuesen extraditados a la colonia británica de
Jamaica. "Los soldados, ---- escribió el general --- han combinado el
deshonor con la barbaridad, porque ellos traicionaron la amistad y bondad de
los habitantes de Riohacha prendiéndole fuego al pueblo."
La apreciación de Montilla no resultaba de ninguna forma unánime. El Coronel
O'Connor cuyos lanceros permanecían fieles, reconoció que las quejas de los
amotinados --- más no su conducta --- estaban absolutamente justificadas.
Otro observador contemporáneo reprochó la conducción timorata de Montilla,
así como su inexperiencia manejando "espíritus turbulentos" como los del
soldado irlandés.
Pero el general impuso la última palabra, y los hombres de O'Connor
asumieron la ingrata tarea de desarmar a sus compatriotas y subirlos, a
punta de bayoneta, en los transportes. El 4 de junio de 1820, unos 300
amotinados salieron rumbo a Jamaica dónde algunos encontraron el empleo en
las unidades del ejército británicas. Al resto se le ofreció el transporte
gratuito a Canadá en dónde comenzaron nuevas vidas.
El capitán Morgan O'Connell llega a Margarita ocho días después de que los
amotinados irlandeses partieran hacia Jamaica. Bolívar quien había mostrado
su complacencia con la salida de "estos mercenarios viles" era un
diplomático demasiado astuto para ofender al hijo de su colega irlandés. A
Morgan se le otorgaron privilegios apropiados con su rango, y comieron y
bebieron a la salud de su padre " el hombre más ilustrado en toda la
Europa."
Bolívar se aseguró que el inexperto muchacho irlandés quedara fuera de
peligro. "Ya tengo innumerables penas ---- dijo el Bolívar ---- por lo que
no contrariaría el carácter de su padre quien me conoce bien." Pero los
deberes protocolares aburrieron pronto al joven e inquieto irlandés, quien
después de un año, en los cuarteles generales de Bolívar, partió para su
casa.
Si Sur América no satisfizo el deseo de aventura en Morgan, él las tuvo
hasta hartarse en sus jornadas de regreso. Sobrevivió a episodios de fiebre
tropical, y naufragó dos veces seguidas, terminando en Cuba. Un capitán de
goleta irlandés, quien resultó ser un primo lejano, lo rescató. Después de
que el capitán muriera en una lucha con su contramaestre, Morgan terminó, a
empellones, su viaje hasta Jamaica en una nave dinamarquesa al mando de un
capitán de Cork. En Jamaica, otro funcionario irlandés ofreció Morgan pasaje
a Inglaterra.
Llega a casa en Enero de 1822, Morgan es saludado orgullosamente por su
padre como un hijo pródigo que ha vuelto. La aventura sur americana, declara
Daniel O'Connell, había hecho un hombre de Morgan. Por otra parte O'Connell
dijo: "habría sido difícil de domarlo bajo la sobriedad de los negocios."
O'Connell no pudo tan fácilmente excusar la calamidad de su protegido John
Devereux. Los veteranos de la Legión irlandesa que regresaron acusaron
Devereux de cobardía, codicia y traición. El comandante naval de Bolívar
escribió en los periódicos de Dublín, describiendo a los reclutas de
Devereux acerbamente como bandoleros. Avergonzado y temiendo por su vida,
Devereux fue finalmente expulsado a Venezuela.
Después de buscar su Legión disuelta improductivamente en Riohacha y
Jamaica, Devereux arriba a la Isla de la Margarita. Allí, por lo menos, su
reputación de pícaro no lo había precedido. Caminando con paso arrogante
embutido en un uniforme de Mariscal de Campo, y ondeando su enjoyada espada,
amenazaba con su venganza personal a cada español en la América del Sur.
No obstante su expediente, el taimado natural de Wexford logro
re-congraciarse a si mismo. Al llegar a Bogotá, Devereux fue nombrado
miembro del personal de Bolívar. Éste mostrando una ceguera igual que para
la mácula de Daniel O'Connell, perdonó al tramposo y culpable de las
felonías irlandesas, confiriéndole el grado de General Mayor. Escudándose en
el hecho de que él no había visto sus tropas que desde que dejaron Irlanda,
Devereux se ocupó en recabar las comisiones prometidas para los hombres y
material de su Legión.
A lo largo de su servicio con Bolívar, Devereux se las ingenió para llegar
demasiado tarde a los compromisos del combate, pero nunca demasiado tarde
para exigir el crédito por la victoria. Después, Devereux introdujo una
demanda de invalidez por una lesión en su vista durante el servicio en los
campos de Colombia, aunque él estaba seguramente en Bogotá en ese momento.
Cuando en 1824, regresa a Europa, Devereux había juntado una fortuna de
£150,000. A pesar de esta "espléndida suntuosidad" cuando él describió sus
ganancias mal adquiridas a Daniel O'Connell, se dedicó a revelar aventuras
mineras y otros escenarios de ganar dinero en América del Sur. En un fuerte
contraste con sus reclutas, Devereux llegó a una vejez madura, vivió hasta
los 82 años, cuando muere en el distrito de Mayfair de moda entonces de
Londres.
Aun cuando el motín a Riohacha marcó inexorablemente a la Legión irlandesa
como unidad, muchos soldados irlandeses prosiguieron para distinguirse en el
servicio de Bolívar. Punteando entre ellos el batallón fiel de lanceros
irlandeses del Coronel O'Connor cuya dedicación y valor compenso la mala
conducta de sus compatriotas.
Luego de la partida de los amotinados a Jamaica, los hombres de
O'Connor--finalmente se equiparon con caballos de monta durante el asedio de
los puertos de Cartagena y Santa Marta. Los lanceros rechazaron un
contraataque realista a los cuarteles generales del General Montilla en
Cartagena, y después de cruenta y sangrienta batalla en Santa Marta, que
deja 690 muertos entre los realistas, el Coronel O'Connor acepta la
rendición de la ciudad personalmente.
Después de que la liberación de Colombia, O'Connor y los lanceros
supervivientes fueron a participar en la campaña peruana del sur; con el
General Antonio José de Sucre. Como oficial del Estado Mayor de Sucre este
oficial irlandés estableció la estrategia para la batalla de Ayacucho, que
doblega el dominio español en América del Sur.
Estando en Perú los lanceros irlandeses encuentran su final. El regimiento,
de 170 valientes en la toma de Riohacha, llegaba a menos que 100 al final de
la campaña colombiana. Ya en 1824, la muerte y enfermedad había reducido la
unidad a un solo hombre. Este solo sobreviviente, un trompetista joven
llamado al Patrick, se encontraba herido y con una fiebre fatal en el pueblo
minero peruano de Recuay. En sus memorias, O'Connor cuenta cómo el Patrick,
cuando el 17 de marzo que se acercaba, se esforzó por sobrevivir hasta el
día de su santo, y entonces deja de luchar.
El propio O'Connor, al lado de Sucre, alcanzó a liberar el Alto Perú y
establecer allí la nueva nación de Bolivia. Ascendido a General, O'Connor se
convirtió en ciudadano boliviano, y después de la guerra, hizo realidad su
vida como granjero y hombre de familia en su nación adoptiva. Un amigo de
tiempo de guerra sugirió una vez que O'Connor inviertan su dinero en
Inglaterra. El inglés ---- replicó O'Connor ---- logró sacar a mi padre
fuera de la granja familiar en Irlanda. Él por consiguiente guardaría a
salvo sus ahorros en Bolivia. |