Ricardo Palma
El encanto de la Tradición

Tomado del periódico Adelante y
el Centro de Investigaciones
Socioculturales "Nicolás Guillén"

El encanto de las Tradiciones peruanas nace no solo de su recreación del pasado. Estas palabras merecen una rápida aclaración, pues lo que Ricardo Palma nos cuenta ya era materia del pasado en el momento de la escritura. Mas, ¿qué pasado es el que le interesaba a Palma? ¿Cuál la historia que subyace en sus páginas? ¿Son acaso las respuestas a estas interrogantes las propias causas de la fascinación que Palma provoca en las llamadas personas cultas y en otras, solo amantes de la amenidad literaria?

Ricardo Palma, el autor de las inolvidables "Tradiciones Peruanas"

Las tradiciones de Palma entroncan con el naciente realismo, el viejo costumbrismo español y la sátira criolla. Sería muy interesante un análisis de los muchos mecanismos de que se vale para la creación de su suerte de crónicas. Algunas son verdaderos cuentos, donde apenas se sienten los comentarios del narrador; en otras, como en todo artículo costumbrista, analiza las peculiaridades de una conducta o tipo social determinado. Pero, a mi modo de ver, es en la reconstrucción de la historia cotidiana de los diferentes momentos de la evolución del Perú donde Palma se muestra más subyugante.

La historia por él descrita no es solo la historia de las grandes batallas y los grandes hombres: es la historia menuda y aparentemente desprovista de hidalguía: genuina materia de la Historia con mayúsculas. Mostrar a los héroes de la independencia en su dimensión humana no significó renunciar a la epicidad de sus circunstancias.

En una de las tradiciones, escrita en forma de cuento o de anécdota, Palma adopta la frialdad que conviene a un asunto que encierra, a pesar de su concisión, toda la grandeza del protagonista. Se trata de "Las últimas palabras del Libertador", que me permito citar in extenso:

En el silencioso corredor de la casa, y sentado en un sillón de vaqueta, veíase a un hombre demacrado, a quien una tos cavernosa y tenaz convulsionaba de hora en hora. El médico, un sabio europeo, le propinaba una porción calmante, y dos viejos militares, que silenciosos y tristes paseaban en el salón, acudían solícitos al corredor. Más que de un enfermo, se trataba ya de un moribundo, pero un moribundo de inmortal nombre. Pasado un fuerte acceso, el enfermo se sumergió en profunda meditación, y al cabo de algunos minutos dijo con voz muy débil:

-¿Sabe usted, doctor, lo que me atormenta al sentirme ya próximo a la tumba?

-No, mi general.

-La idea de que tal vez he edificado sobre arena movediza y arado en el mar.

Y un suspiro brotó de lo más íntimo de su alma y volvió a hundirse en su meditación. Transcurrido gran rato, una gran sonrisa tristísima dibujó su rostro y dijo pausadamente:

-¿No sospecha usted, doctor, quiénes han sido los tres más insignes majaderos del mundo?

-Ciertamente que no, mi general.

-Acérquese usted, doctor..., se lo diré al oído... Los tres grandísimos majaderos hemos sido Jesucristo, Don Quijote y... yo".

Se trata de atrapar el gesto del caudillo que ya no dirige grandes multitudes, sino que en el silencio y recogimiento de los postreros minutos, reflexiona sobre lo que ha sido su vida. Pero si los patriotas latinoamericanos morían con lustre, no menos sucedía con algunos seguidores de las tropas realistas, como el cura Pedro Merieluz, quien fue fusilado por no traicionar un secreto de confesión, por ser, como dice Palma, "doble mártir de la religión y del deber".

Las circunstancias de las batallas ocupan también un lugar en sus páginas. Así, refiere que la batalla de Ayacucho "[...]tuvo, al iniciarse, todos los caracteres de un caballeresco torneo", para más adelante, en franco entusiasmo y abandono de la sobriedad habitual, decir "¡Qué hombres, Cristo mío! ¡Qué hombres! Setenta minutos de batalla, casi toda cuerpo a cuerpo, empleando los patriotas el sable y la bayoneta más que el fusil, pues desde Corpaguaico, donde perdieron el parque, se hallaban escasos de pólvora (cincuenta y dos cartuchos por plaza), bastaron para consumar la independencia de América".

La tradición de la que he tomado ambos fragmentos, "Pan, queso y raspadura", es una de las que mejor ilustra ese buscar en las aparentes naderías, casi nunca recogidas en los libros de Historia, que permitieron el brillo más enceguecedor. La tradición, con los atributos de la leyenda popular, cuenta la batalla a partir del "banquete de príncipes golosos" —que utiliza de título—, servido la noche antes.

De esta suerte es la tradición "Con días —y ollas— venceremos", que refiere la historia del "santo, seña y contraseña" recibido por el general San Martín a principios de 1821, en plenas negociaciones para el armisticio. La tradición, bien curiosa, refiere como se transportaban papeles comprometedores en una "olla revolucionaria" que era acarreada, entre montones de enseres semejantes, pero "no revolucionarios", por un indio.

Incluso, cuando utiliza fragmentos de cartas, no prefiere las que se tienen por definitivas —y definitorias— de los procesos políticos, sino otras, menores si se quiere, imposibles prácticamente de hallar en otros sitios, pero, quizás por eso, muy determinantes del real carácter de quien las escribió. Sucede así con "La carta de la Libertadora", tradición en la que utiliza un recurso muy frecuente: referir la historia de frases ya acuñadas por el uso corriente de las que se llega a olvidar el origen. La tradición es, simplemente, la reproducción de una carta de Manuelita Sáenz a su esposo, el doctor Thorne. La misiva está sazonada con referencias a cuentos populares y hasta con simpáticos versos que, al decir de Palma, bien pudieran estar en la boca de El Libertador:

—Como yo vuelva a saber

que escribe a mi Dulcinea...

—¡Pero, hombre, si es mi mujer!

—¡Qué me importa que lo sea!

Las mujeres que acompañaron a los próceres también tienen su lugar en las Tradiciones peruanas. Es muy interesante el paralelo que establece entre la Sáenz y la Campusano, preferidas respectivas de Bolívar y San Martín. Distingue a la Campusano, "la mujer con todas la delicadeza de sentimientos y debilidades propias de su sexo. En el corazón de Rosa había un depósito de lágrimas y de afectos tiernos, y Dios le concedió hasta el goce de la maternidad que negó a la Sáenz". Acto seguido refiere que Doña Manuela era "una equivocación de la naturaleza, que en formas esculturalmente femeninas encarnó espíritu y aspiraciones varoniles. No sabía llorar, sino encolerizarse como los hombres de carácter duro." Llega más lejos al decir que "[...]La Sáenz renunciaba a su sexo, mientras que la Campusano se enorgullecía de ser mujer. Esta se preocupaba de la moda en el traje y la otra vestía al gusto de la costurera. Doña Manuela usó siempre dos arillos de oro y de coral por pendientes, mientras que la Campusano deslumbraba por la profusión de pedrería fina". La comparación, muy extensa para ser comentada con más profusión, ilustra el apego romántico por un ideal femenino todo candor, belleza y sentimiento. Palma, con absoluta sinceridad, confiesa que de haber conocido en la juventud a Rosa Campusano, se hubiera inscrito entusiasmado en la lista de sus enamorados, mientras que Manuela Sáenz, "aún en los tiempos en que era una hermosura, no me hubiera inspirado sino el respetuoso sentimiento de amistad que le profesé en su vejez". Finaliza su tradición con dos frases lapidarias: "La Campusano fue la mujer-mujer. La Sáenz fue la mujer-hombre".

Todo ello obedece a una explicación dicotómica de la fisonomía de los géneros muy típica de la mentalidad del siglo XIX, siglo que atribuía a la mujer la delicadeza y lo etéreo, reservando para el hombre el brío y la fuerza. Actitudes como la de Manuela Sáenz y de otras damas que compartieron junto a sus hombres los rigores de las contiendas militares, permitirían que las fronteras entre lo propio y lo impropio de uno y otro género se hicieran menos rígidas con el decursar del tiempo. Pero Palma, romántico enamorado del galante ideal femenino, enamorado de su patria, de su patria también galante y recordada con la misma vehemencia con que suelen ser recordadas las mujeres que dejan una impronta en sus amantes, no podía hacer aún tales distingos. Para él la mujer era finura y recogimiento, las antiguas formas del bello sexo. Para él también Lima debía perpetuarse en sus añejos contornos. En la nostalgia con que refiere, a veces sin venir al caso, descripciones de lo que era Lima en sus mocedades –las de la ciudad y las del propio Palma-, hay mucho de la predilección romántica por el imposible. Tal como su fascinación por la Campusano tiene visos del enternecimiento por "lo que no pudo ser" —dado en tal caso por la diferencia de tiempos—, la fascinación por la Lima vetusta, obedece a la nostalgia y a la decepción al constatar que la entrada de Perú en el ámbito de la modernidad significaba también el abandono de muchas de sus ancestrales peculiaridades.

En la tradición "Pan, queso y raspadura", ya traída a colación en estas páginas, Palma se duele de la pérdida del pregón y los pregoneros. La presencia de tan pintorescos personajes era tal que "casas había en que para saber la hora no se consultaba reloj, sino el pregón de los vendedores ambulantes." Se duele de que "Lima ha ganado en civilización; pero se ha despoetizado, y día por día pierde todo lo que de original y típico hubo en sus costumbres."

Esta preocupación por salvar para el futuro —nuestro presente— parte de la memoria histórica del Perú, acerca el estilo de muchas de las crónicas al costumbrismo. Si bien cada una de las tradiciones se refiere a casos particulares, muchas veces encuentra lugar para reseñar usos y costumbres típicos de la población limeña o de otras ciudades. Así, en "El divorcio de la condesita", refiere:

No obstante la paternal vigilancia, a ninguna muchacha le faltaba su chichisbeo amoroso; que sin necesidad de maestro, toda mujer, aun la más encogida, sabe en esa materia más que un libro y que San Agustín y San Jerónimo y todos los santos padres de la Iglesia que, por mi cuenta, debieron ser en sus mocedades duchos en marrullerías. Toda limeña encontraba minuto propicio para pelar la pava tras la celosía de al ventana o balcón.

Acto seguido ya no habla de las mujeres de antaño sino de:

Lima, con sus construcciones modernas, ha perdido por completo su original fisonomía entre cristiana y morisca. Ya el viajero no sospecha una misteriosa beldad tras las rejillas, ni la fantasía encuentra campo para poetizar las citas y aventuras amorosas. Enamorarse hoy en Lima es lo mismo que haberse enamorado en cualquiera de las ciudades de Europa.

Es fácil apreciar en el fragmento la preocupación porque su ciudad conservara su peculiar fisonomía, esa que la hacía diferente de las restantes urbes del planeta. Recuérdese que el Romanticismo es en Hispanoamérica sinónimo de patriotismo y, sobre todo, de independencia. El anhelo de independencia nace, precisamente, de la certidumbre de que abismales incompatibilidades hacen imposible cualquier sujeción a un poder extraño. No es casual que Palma, en otra de sus obras, Neologismos y americanismos (1896), planteara la necesidad de incorporar al diccionario de la Real Academia un amplio elenco de voces americanas, labor a la que se aplicó con entusiasmo durante su estancia en Madrid, entre 1892 y 1893, invitado a España por los organizadores del IV Centenario del Descubrimiento.

Palma vivió en momentos en que, aunque despiertos del sueño emancipador de las primeras décadas del siglo, nuestros países nacían para la vida tal como esta es asumida por la modernidad. Conservar la fisonomía típica de las ciudades latinoamericanas era —es— casi sinónimo de la conservación de algo más intangible: la cultura gestada en ellas. Si bien los procesos identitarios no pueden ser reducidos a una ecuación tan sencilla, si bien nuestros pueblos tampoco pueden aferrarse a moldes constructivos en clara desavenencia con los nuevos modos de vida, también es cierto que la conservación del ser de una ciudad o país tiene que ver, en mucho, con la conservación del entorno en que ese ser se gestó: el entorno llega a ser, incluso, parte del ser.

Palma, muy apegado al periodismo, comparte con muchos de sus colegas la preocupación por las tendencias despersonalizadoras del futuro. Con mecanismos francamente naturalistas, el propio costumbrismo pretendió conservar la memoria de los tiempos pretéritos y presentes. Los costumbristas fueron conscientes de la transitoriedad de la vida humana e, incluso, de las formas a ella asociadas. Por eso la prensa en nuestro continente, la misma que acercaba las fronteras y lograba mostrar en estos lares los logros de la ciencia mundial, la misma que comentaba con inusual vivacidad a los escritores europeos, era en ocasiones nostálgica. La nostalgia y la búsqueda en el pasado de asideros que ayuden a entender el presente, son formas de repulsa a las circunstancias del momento; repulsa silenciosa, si se quiere, simplificada hasta la saciedad cuando se habla de evasión, pero repulsa al fin y al cabo. Mucho de eso hay en las Tradiciones peruanas de Ricardo Palma.

Cuando dedica espacio al posible analfabetismo de Pizarro y a muchos de los indios más ilustres, está devolviendo a Perú parte de su patrimonio. La búsqueda de un romántico latinoamericano en el pasado no significa la idealización y fantasía de los románticos europeos. Aquí aún había un mundo por construir. La robustez del orbe nuevo que debía ser América dependería de la fidelidad a esos hechos pequeños, volátiles y hasta míticos referidos en las Tradiciones peruanas. El de las tradiciones, entendidas incluso en su sentido más genérico, bien podría ser el universo del que se desgranara el futuro del continente. Tal como en el fruto están las semillas, en todo devenir del continente estarían estas suerte de raíces a las que Ricardo Palma se dedicó en cuerpo y alma.

Tomado de: Adelante Digital y el
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Socioculturales "Nicolás Guillén"
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