Simón Bolívar,
1830-2000

Ayer, 17 de diciembre, se cumplieron 170 años de la muerte de Simón Bolívar, en Santa Marta. Es una cifra en el tiempo que nos convoca y nos invita a la reflexión sobre Bolívar, su obra y su pensamiento. Su muerte coincidió con el derrumbamiento de su gran sueño de unidad, la gran república que concibió en 1819 no resistió la confrontación con países de una geografía inmensa, de estructuras sociales diferentes, y de factores políticos que, al final, demostraron ser incompatibles. El sueño de la Gran Colombia quedó inscrito en la historia como un designio genial, y quizás como una meta del futuro. Las grandes tendencias mundiales y sub-regionales a la integración validan el pensamiento de Bolívar, y lo rescatan de la simple utopía en que no pocos han tratado de confinarlo. Lo que entonces fue una utopía, el Congreso de Panamá, alentó en el siglo XX a crear organizaciones regionales e internacionales entre países y continentes, como lo han considerado internacionalistas de la talla de Víctor Andrés Balaúnde.

La desintegración de la Gran Colombia no fue un fenómeno simple de entender. Primero debemos reflexionar sobre la propia y compleja historia de los países que la integraron, de los intereses y ambiciones políticas, pero sobre todo militares, que proliferaron a lo largo del proceso, desde 1810 ó 1811, hasta 1830. Los caudillismos regionales, los "jefes" que querían ser jefes y dueños de sus respectivas aldeas, y no podían entender aquellos designios de Bolívar que les parecían delirios más que realidades.

Pero junto a ellos, los intereses creados de sectores poderosos. Sin una reflexión previa que permita ver la época y sus hombres en la perspectiva histórica, malentenderíamos el proceso y a sus propios protagonistas, y llegaríamos a la simplificación infantil de quienes proponen que el general José Antonio Páez sea borrado de los humildes (e inútiles) billetes de 20 bolívares. No puede verse ni interpretarse la historia con tanta ligereza. Ni tampoco resucitar las pasiones de entonces, porque si en su tiempo perturbaron o desviaron el destino de nuestros pueblos, su reedición dos siglos después no lograría algo distinto a la frustración permanente, y a la discordia estéril.

170 años después de su muerte es conveniente volver al pensamiento de Bolívar, ir a sus raíces, explorar el legado singular de sus ideas sin olvidar que de sus visiones o de sus postulados nos separan 200 años. Su gesta de visionario y la proeza de sus conquistas políticas constituyen uno de los grandes legados de la historia hispanoamericana. Así debe comprenderse, y no pretender erigir el nombre de un personaje de sus dimensiones en banderías parciales, porque nadie le puede negar a nadie que siendo venezolano, no sea también, y esencialmente, bolivariano.

Pocos personajes en nuestros anales han sido objeto de tantas biografías como Simón Bolívar. Su pensamiento político y sus grandes documentos, como la Carta de Jamaica, han sido analizados con brillo por historiadores como Elías Pino Iturrieta; también Caracciolo Parra Pérez y Rufino Blanco Fombona escribieron tratados sobre sus ideas políticas. Germán Carrera Damas abordó el culto a Bolívar. Biógrafos como Augusto Mijares, Indalecio Liévano Aguirre, Gerhar Masur, Miguel Acosta Saignes, Tomás Polanco Alcántara, José Luis Salcedo Bastardo, Ramón Díaz Sánchez, resaltaron su vida y las condiciones y propósitos de sus grandes batallas militares y políticas, su drama como hombre, los infortunios de su destino. Una novela deslumbrante, El general en su laberinto, de Gabriel García Márquez, recrea magistralmente los días de soledad que precedieron su muerte en Santa Marta hace 170 años.

Mariano Picón-Salas analizó también el pensamiento y la evolución de las ideas políticas de Bolívar, en su ensayo Unidad y nacionalismo en la historia hispanoamericana. Conviene retener estas palabras del escritor merideño: "El Bolívar del Manifiesto de Cartagena corrige ya al vago soñador de 1810; el de la Carta de Jamaica saca su primera revolución venezolana por todo el continente convulsionado; el del Discurso de Angostura crea la primera confederación de pueblos; el de la Constitución de Bolivia conoce ya las terribles fuerzas de disgregación y anarquía que habrán de desatarse después de la Independencia". Dicho en otras palabras, Bolívar en 1819 no era el mismo Bolívar de 1810, ni este al Bolívar estadista que fue confrontando realidades diversas y ambientes contradictorios. De forma que todos somos bolivarianos pero no de la misma manera.

 EDITORIAL
EL NACIONAL - LUNES 18 DE DICIEMBRE DE 2000

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© Copyright Johannes W. de Wekker  junio, 2004