TRADICIONES EN SALSA VERDE
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Un pequeño gran libro, que
divertirá, sonrojará y también hará rascarse la cabeza a más de uno.
(Caretas 4-1-73).
En las "Tradiciones en salsa verde" está la manera en que Palma hubiera
querido escribir toda su obra. Cesar Miró (Suceso--26-8-73).
Descubren una veta oculta (u ocultada) de la literatura nacional. La
edición señala un hito en la sempiterna lucha contra la censura y la
pacatería monjil de Lima. Francisco Bendezu.
Bordea la tontería y el ridículo escandalizarse por lo que se ha
calificado como un desliz de Don Ricardo. Sus "Tradiciones en salsa verde"
deben verse dentro del contexto global de su obra. Ismael Pinto (Correo
--- 9-9-73).
Palma, en sus relatos de salsa verde, establece un contacto íntimo entre
el lenguaje escrito y el lenguaje popular. Su realismo, en este sentido,
se anticipó con mucho a los escritores de nuestros días, lo que es un
mérito considerable... Jorge Basadre (Suceso 2-8-73).
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PROLOGO
Escondidas en copias
mecanografiadas, o publicadas en ediciones plagadas de errores e
interpolaciones de mal gusto, las páginas que ahora presentamos
permanecieron durante mucho tiempo lejos del gran público. Un errado
concepto de moralidad que, como el mismo don Ricardo Palma dice, confunde
las palabras crudas con las malas acciones, impidió que se conociese con
la debida propiedad esta otra faz de la obra del Tradicionista.
La "decencia", que hizo que el término lisura perdiera su primitiva
significación --picardía, salero--para quedar como sinónimo de "mala
palabra" y relegada, por lo tanto, al uso de las "clases bajas", es la que
proscribió de los libros el lenguaje popular, la que reemplazó el vocablo
cotidiano con los puntos suspensivos. La libertad en el lenguaje, et uso
del término preciso, de ta palabra cruda, tan común en nuestros clásicos,
desde la Celestina y el libro del Buen Amor hasta Quevedo, pasando por
Cervantes--y en otros idiomas Dante, Boccacio, Chaucer, Shakespeare, cedió
ante el convencionalismo y la mojigatería, el falso pudor que los prohíbe
mientras, por otra parte, acepta extranjerismos que, por su poco arraigo
en el pueblo, tienen duración efímera. Sorprende constatar cómo una
inmensa proporción de estas "malas palabras" que consigna Ricardo Palma,
subsisten en el habla popular, con una vitalidad tan grande que parecen
recién acuñadas y que habla bien del acierto-del escritor que supo escoger
palabras arraigadas en el ánimo de los hablantes.
Nuestros libros han sido parcos y recatados en usar estos vocablos. Un
investigador que quisiera estudiar la "lisura" peruana en su historia, se
encontraría prácticamente sin material. Sólo en los últimos años, al
compás de las nuevas técnicas y de un realismo más serio y más auténtico,
es que el escritor recupera sus fueros. Vallejo en poesía; en narrativa
Arguedas--El Sexto, Vargas Llosa, Reinoso, reponen la palabra cruda a su
lugar. Así, no tiene ya el público que sorprenderse al ver en letras de
molde lo que pronuncia todos los días, y así también, creemos, han
desaparecido las causas que impedían la publicación de las Tradiciones en
salsa verde. El lector podrá libremente gustar estas páginas sin la mirada
de reojo de antes, y sin el guiño y la sonrisita nerviosa que delata lo
prohibido.
Los originales de estas tradiciones, posiblemente escritas a fines del
siglo pasado, son de posesión de la señora Elsa Letts de Cohen. Pero
Palma, en 1904, obsequió a Carlos F. Basadre una copia mecanografiada.
Esta copia--explica el historiador Jorge Basadre, después de varias
peripecias, fue vendida a la Universidad de Duke, de Estados Unidos de N.A.
Años después, y gracias a la solicitud del historiador, esa universidad
envió un microfilm a la Biblioteca Nacional de estas tradiciones así como
de otras obras nacionales. Posteriormente el microfilm ha sufrido
clandestinas multiplicaciones para uso de estudiosos y/o pícaros curiosos.
Hemos visto una pequeña edición de Huaraz o Huancayo, sin fecha; hemos
óído de una edición argentina con abundantes interpolaciones, y hemos
visto diferentes versiones mimeografiadas con numerosos errores y burdos
agregados para complacer a los que gustan del chiste barato. A base de la
copia que existe en la Biblioteca Nacional, nosotros hemos hecho una
limpieza de texto, corrigiendo la ortografía y poniendo al día ta
acentuación, y ordenando el material para que fuese claro y legible.
Nuestra contribución no pasa de allí; hemos respetado en lo posible el
texto y creemos, por eso presentar una edición aceptable, que deberá
corregirse o ampliarse con la contribución de los estudiosos en base a una
confrontación de los originales manuscritos.
Si se nos preguntase por el principal mérito de estas Tradiciones,
diríamos que es la frescura. Hace ochenta años o más, Palma contaría en la
intimidad de sus amigos y correligionarios estos cuentos. Al fijarlas en
el papel, conservó toda la gracia y picardía del relato oral en las que es
maestro insuperable. No todas tienen igual mérito; en el conjunto hay
algunas que destacan por la novedad de la anécdota, o que completan la
visión de alguno de los personajes de nuestra historia, mostrando su lado
jocoso, subrayando con malicia ciertos detalles que contribuyen a
mostrarlos más humanos, más reales, más vivos. Hay otras de muy lograda
elaboración, como Fatuidad Humana donde las comparaciones graciosas, la
incorporación de vocablos extraños siguiendo la línea macarrónica, y las
precisas pinceladas para retratar a sus personajes, hacen de esta
tradición digna de figurar en una antología del autor.
Estas tradiciones, dispares quizá, aumentan el caudal narrativo de Palma
pero no agregan--ni menos amenguan-- un ápice al estilo y la reconocida
calidad del Tradicionista; completan, eso sí, la anécdota histórica que
Palma siempre ha gustado contar o inventar. Porque no se puede concebir
que nuestros oficiales o soldados entendieran las órdenes sin las lisuras
de estilo. Y cuentan los noveleros, siempre entre paréntesis, que alguna
batalla decisiva de la independencia del Perú se ganó gracias al lenguaje
varonil, la requintada precisa, la gran-puteada oportuna. Palma, en parte,
llena este vacío. !Y quién mejor que el para hacerlo!
La cobertura pone al alcance de un público más vasto y menos mojigato
estas Tradiciones en salsa verde que, esperamos, contribuirán a dar una
visión más amplia de la obra del Tradicionista, verdadero testimonio de la
historia, costumbres y alegría de su pueblo.
Francisco Carrillo
Carlos Garayar
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PROLOGO A LA EDICIÓN
ELECTRÓNICA |
Como si un prólogo
y las mismas palabras del Tradicionalista no bastaran para presentar esta
obra me brindo la atribución de añadir unas notas a modo de explicación y
advertencia.
Si por allí alguien en la red se le ocurre buscar tres pies al gato y
preguntar porque pongo en la WWW semejante texto de Palma habiendo otros
tantos soberbios ejemplos en la lengua de Cervantes, pues mi única
respuesta es porque estoy seguro que alguien pondrá algún día dichas otras
excelsas en la red pero se omitirán esta joya por pura mojigatería. De que
estas tradiciones "verdes" tienen valor literario e histórico no queda
duda y si encima de eso nos hace matar de risa agradezcamos al señor
(Palma) por dicho desliz glorioso.
Si hasta aquí querido lector le queda algún ápice de duda le afirmo que la
obra puede ser ofensiva a un publico muy pacato y perniciosamente
cucufato. Si Ud. (Dios lo libre) cae dentro de esa categoría váyase a
rezarse 100 Padre Nuestros, 50 Ave Marías , cómprese su estampita de
Rafael Rey y déjese de estar leyendo cosas profanas. No faltaba más!
Fidel Dolorier
UC Berkeley
(si es para insultar mejor ahórrese los bits)
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Nota del Tradicionista a Don Carlos Basadre
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A Don Carlos Basadre.
Sabe usted, mi querido Carlos, que estas hojitas no están destinadas para
la publicidad y que son muy pocos los que, en la intimidad de amigo a
amigo, las conocen. Alguna vez me reveló usted el deseo de tener una copia
de ellas, y no sabiendo qué agasajo le sería grato hoy, día de su
cumpleaños, le mando mis Tradiciones en Salsa Verde, confiando en que
tendrá usted la discreción de no consentir que sean leídas por gente
mojigata, que se escandaliza no con las acciones malas sino con las
palabras crudas. La moral no reside en la epidermis.
Mil cordialidades. Su viejo amigo
El Tradicionalista
Lima, Febrero de 1904
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ESCOJA UD. Y DISFRUTE....... |
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Estas
tradiciones de Palma son una cortesía de:
Fidel Dolorier
UC Berkeley
Escribeme
a:
dolorier@garnet.berkeley.edu
o visita mi
página en:
http://socrates.berkeley.edu/~dolorier/salsa.html
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LA PINGA DEL LIBERTADOR
Tan dado era Don Simón Bolívar a singularizarse, que
hasta su interjección de cuartel era distinta de la que empleaban los
demás militares de la época. Donde un español o un americano habrían
dicho: !Vaya Ud. al carajo!, Bolívar decía: !Vaya usted a la pinga!
Histórico es que cuando en la batalla de Junín, ganada al principio por la
caballería realista que puso en fuga a la colombiana, se cambió la
tortilla, gracias a la oportuna carga de de un regimiento Peruano, varios
jinetes pasaron cerca del General y, acaso por alagar su colombianismo,
gritaron: !Vivan los lanceros de Colombia! Bolívar, que había presenciado
las peripecias todas del combate, contestó, dominado por justiciero
impulso: !La pinga! !Vivan los lanceros del Perú!
Desde entonces fue popular interjección esta frase: !La pinga del
libertador!
Este parágrafo lo escribo para lectores del siglo XX, pues tengo por
seguro que la obscena interjección morirá junto con el último nieto de los
soldados de la Independencia, como desaparecerá también la proclama que el
general Lara dirigió a su división al romperse los fuegos en el campo de
Ayacucho: "!Zambos del carajo! Al frente están esos puñeteros españoles.
El que aquí manda la batalla es Antonio José de Sucre, que, como saben
ustedes, no es ningún pendejo de junto al culo, con que así, fruncir los
cojones y a ellos".
En cierto pueblo del norte existía, allá por los años de 1850, una
acaudalada jamona ya con derecho al goce de cesantía en los altares de
Venus, la cual jamona era el non plus ultra de la avaricia; llamábase Doña
Gila y era, en su conversación, hembra más cócora o fastidiosa que una
cama colonizada por chinches.
Uno de sus vecinos, Don Casimiro Piñateli, joven agricultor, que poseía un
pequeño fundo rústico colindante con terrenos de los que era propietaria
Doña Gila, propuso a ésta comprárselos si los valorizaba en precio módico.
--Esas cinco hectáreas de campo--dijo la jamona--, no puedo vendérselas en
menos de dos mil pesos.
--Señora--contestó el proponente--, me asusta usted con esa suma, pues a
duras penas puedo disponer de quinientos pesos para comprarlas.
--Que por eso no se quede--replicó con amabilidad Doña Gila--, pues siendo
usted, como me consta, un hombre de bien, me pagará el resto en especies,
cuando y como pueda, que plata es lo que plata vale. ¿No tiene usted
quesos que parecen mantequilla?
--Sí, señora.
--Pues recibo. ¿No tiene usted vacas lecheras?
--Sí, señora.
--Pues recibo. ¿No tiene usted chanchos de ceba?
--Sí, señora.
--Pues recibo. ¿No tiene usted siquiera un par de buenos caballos?
Aquí le faltó la paciencia a don Casimiro que, como eximio jinete, vivía
muy encariñado con sus bucéfalos, y mirando con sorna a la vieja, le dijo:
--¿Y no quisiera usted, doña Gila, la pinga del Libertador?
Y la jamona, que como mujer no era ya colchonable (hace falta en el
Diccionario la palabrita), considerando que tal vez se trataba de alguna
alhaja u objeto codiciable, contestó sin inmutarse:
--Dándomela a buen precio, también recibo la pinga.
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EL CARAJO
DE SUCRE
El mariscal Antonio José de Sucre fue un hombre muy
culto y muy decoroso en palabras. Contrastaba en esto con Bolívar. Jamás
se oyó de su boca un vocablo obsceno, ni una interjección de cuartel, cosa
tan común entre militares. Aun cuando (lo que fue raro en él) se
encolerizaba por gravísima causa, limitábase a morderse los labios; puede
decirse que tenía lo que llaman la
cólera blanca.
Tal vez fundaba su orgullo en que nadie pudiera decir que lo había visto
proferir una palabra soez, pecadillo de que muchos santos, con toda su
santidad, no se libraron.
El mismo Santo Domingo cuando, crucifico en mano, encabezó la matanza de
los albigenses, echaba cada "Sacre nom de
Dieu" y cada taco, que
hacía temblar al mundo y sus alrededores.
Quizás tienen ustedes noticia del obispo, señor Cuero, arzobispo de Bogotá
y que murió en olor de santidad; pues su Ilustrísima, cuando el Evangelio
de la misa era muy largo, pasaba por alto algunos versículos, diciendo:
Estas son pendejadas del Evangelista y por eso no las leo.
Sólo el mariscal Miller fue, entre los pro-hombres de la patria vieja, el
único que jamás empleó en sus rabietas el cuartelero !carajo!
El juraba en inglés y por eso un "God dam!" de Miller, (Dios me condene),
a nadie impresionaba. Cuentan del bravo británico que, al escapar de
Arequipa perseguido por un piquete de caballería española, pasó frente a
un balcón en el que estaban tres damas godas de primera agua, que gritaron
al fugitivo:
--!Abur, gringo pícaro!
Miller detuvo al caballo y contestó:
--Lo de gringo es cierto y lo de pícaro no está probado, pero lo que es
una verdad más grande que la Biblia es que ustedes son feas, viejas y
putas. !God dam!
Volviendo a Sucre, de quien la digresión milleresca nos ha alejado un
tantito, hay que traer a cuento el aforismo que dice: "Nadie diga de esta
agua no beberé".
El día de la horrenda, de la abominable tragedia de Berruecos*, al oírse
la detonación del arma de fuego, exclamó Sucre, cayendo del caballo:
--!Carajo!, un balazo...
Y no pronunció más palabra.
Desde entonces, quedó como refrán el decir a una persona, cuando jura y
rejura que en su vida no cometerá tal o cual acción, buena o mala:
-!Hombre, quién sabe si no nos saldrá usted un día con el Carajo de Sucre!
(*) Berruecos: despoblado en Colombia, en donde fue traidoramente
asesinado el general Sucre, haciéndose fuego desde unos matorrales
ocultos.
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EL
DESMEMORlADO
Cuando en 1825 fue Bolívar a Bolivia, mandaba la
guarnición de Potosí el coronel don Nicolás Medina, que era un llanero de
la pampa venezolana, de gigantesca estatura y tan valiente como el Cid
Campeador, pero en punto a ilustración era un semi-salvaje, un bestia, al
que había que amarrar para afeitarlo.
Deber oficial era para nuestro coronel, dirigir algunas
palabras de bienvenida al Libertador, y un tinterillo de Potosi se encargo
de sacar de atrenzos a la autoridad escribiéndole la siguiente arenga: "
Excelentísimo Señor: hoy, al dar a V.E. la bienvenida, pido a la divina
Providencia que lo colme de favores para prosperidad de la Independencia
Americana. He dicho".
Todavía estaba en su apogeo, sobre todo en el Alto Perú, el anagrama: "Omnis
libravo", formado con las letras de Simón Bolívar. Pronto llegarían los
tiempos en que sería más popular este pasquín:
Si a Bolívar la letra con que empieza
Y aquella con que acaba le quitamos,
De la Paz con la Oliva nos quedamos.
Eso quiere decir, que de ese pieza,
La cabeza y los pies cortar debemos
Si una Paz perdurable apetecemos.
Una semana pasó Medina fatigando con el estudio de la arenga la memoria
que, como se verá, era en él bastante flaca.
En el pueblecito de Yocoya, a poco mas de una legua de Potosí, hizo Medina
que la tropa que lo acompañaba presentase las armas y, deteniendo su
caballo, delante del Libertador, dijo después de saludar militarmente:
--Excelentísimo Señor. .. (gran pausa), Excelentísimo Señor Libertador. .
. (más larga pausa).. --y dándose una palmada en la frente, exclamó: !Carajo!...
Yo no sirvo para estas palanganadas, sino para meter lanza y sablear
gente. Esta mañana me sabía la arenga como agua, y ahora no me acuerdo ni
de una puñetera palabrita. Me cago en el muy cojudo que me la escribió.
--Déjelo, coronel--le contestó Bolívar sonriendo--, yo sé, desde Carabobo
y Boyacá, que usted no es más que un hombre de hechos, y de hechos
gloriosos.
---Pero eso no impide, general, que yo reniegue de esta memoria tan jodida
que Dios me ha dado.
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LA CONSIGNA
DE LARA
El general Jacinto Lara
era uno de los más guapos llaneros de Venezuela y el hombre más burdo y
desvergonzado que Dios echara sobre la tierra; lo acredita la famosa
proclama que dirigió a su división al romperse los fueros en Ayacucho.
El Libertador tuvo siempre predilección por Lara, y lo hacían reír sus
groserías y pachotadas; decía, Don Simón, que como sus colombianos no eran
ángeles, había que tolerar el que fuesen desvergonzados y sucios en el
lenguaje.
Verdad también que Bolívar, en ocasiones, se acordaba de que era
colombiano y escupía palabrotas, sobre todo cuando estaba de sobremesa con
media docena de sus íntimos; cuentan, y algo de ello refiere Pruvonena,
que habiéndole preguntado uno de los comensales, si aún continuaba en
relaciones con cierta aristocrática dama, contestó don Simón:
--Hombre, ya me he desembarcado, porque la tal es una fragata que empieza
a hacer agua por todas las costuras.
Un domingo, en momentos que Bolívar iba a montar en el coche, llegó Lara a
Palacio y el Libertador le dijo:
--Acompáñame, Jacinto, a hacer algunas visitas, pero te encargo que estés
en ellas más callado que un cartujo, porque tú no abres la boca sino para
soltar alguna barbaridad; con que ya sabes, tu consigna es el silencio; tú
necesitas aprender oratoria en escuela de sordomudos.
--Descuida, hombre, que sólo quebrantaré la consigna en caso de que tú me
obligues. Te ofrezco ser más mudo que campana sin badajo.
Después de hacer tres o cuatro visitas ceremoniosas, en las que Lara se
mantuvo correctamente fiel a la consigna, llegaron a una casa, en la que
fueron recibidos, en el salón, por una limeñita, de esas de ojos tan
flechadores que, de medio a medio, le atraviesan a un prójimo la anatomía.
--Excuse usted, señor general, a mi hermana, que se priva de la
satisfacción de recibirlo, porque está en cama desde anoche en que dio a
luz dos niños con toda felicidad.
--Lo celebro --contestó el Libertador--, bravo por las peruanitas que no
son mezquinas en dar hijos a la patria. ¿Qué te parece, Lara?
El llanero, por toda respuesta, gruñó:
--Hum... Hum!
Bolívar no se dio por satisfecho con el gruñido, e insistió:
--Contesta, hombre... ¿en qué estás pensando?
--Pues con su venia, mi general, y con la de esta señorita, estaba
pensando... en cómo habrá quedado el coño de ancho, después de tal parto.
--!Bárbaro! --exclamó Bolívar, saliendo del salón más que de prisa.
--La culpa es tuya y no mía. ¿Por qué me mandaste romper la consigna? Yo
no sé mentir y largué lo que pensaba.
Desde entonces el Libertador quedó escarmentado para no hacer visitas
acompañado de don Jacinto.
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!TAJO O TEJO!
El único teatro que, por los años de 1680, poseía Lima,
estaba situado en la calle de San Agustín, en un solar o corralón que, por
el fondo, colindaba con la calle de Valladolid, y era una compañía de
histriones o cómicos de la legua la que actuaba.
Ensayábase una mañana no sé qué comedia de Calderón o de Lope, en la que
el galán principiaba un parlamento con estos versos:
Alcánzar que sobre el
Tejo
Lo de
Tejo hubo de parecer al apuntador errata
de la copia, y corrigiendo al cómico, le dijo:
--!Tajo!, Tajo!
Este no quiso hacerle caso y repitió el verso: Alcánzar que sobre el
Tejo
--Ya le he dicho a usted que no es sobre el
Tejo . . .
--Bueno, pues--contestó el galán,
resignándose a obedecer--, sea como usted dice, pero ya verá lo que
resulta--y declamó la redondilla:
Alcázar que sobre el Tajo
Blandamente te reclinas
Y en sus aguas cristalinas
Te ves como en un espajo.
Y volviendo al apuntador, le dijo, con
aire de triunfo
¿Ya lo ve usted, so carajo,
Cómo era Tejo
y no Tajo?
A lo que aquél, sin darse por vencido, con
Pues disparató el poeta
!Puñeta!
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EL CLAVEL
DISCIPLINADO
Gran cariño tuvo el virrey Amat por su Mayordomo, don
Jaime, que, como su Excelencia, era catalán que bailaba el trompo en la
uña y un portento de habilidad en lo de allegar monedas.
La gente de escaleras abajo hablaba pestes sobre los latrocinios, pero los
que estaban sentados sobre la cola, que eran la mayoría palaciegos, decían
que tal murmuración no era lícita y que encarnaba algo de rebeldía contra
su Majestad y los representantes de la corona.
Esta doctrina abunda hoy mismo en partidarios, por lo de quien ofende al
can ofende al rabadán.
Así, los clericales, por ejemplo, dicen, que siendo de católicos la gran
mayoría del Perú, nadie debía atacar la confesión, ni el celibato
sacerdotal, como si en un país donde la mayoría fuera de borrachos no se
debería combatir el alcoholismo.
Amat abrigaba el propósito de no regresar a España cuando fuera relevado
en el gobierno, y tan decidido estaba a dejar sus huesos en Lima, que hizo
construir, en la vecindad del monasterio del Prado, una magnífica casa,
con el nombre de Quinta del Rincón.
Podría, hoy mismo, ese edificio competir con muchos de los más
aristocráticos de España; pero, como es sabido, fueron tantos y tales los
quebraderos de cabeza que llovieron sobre el ex virrey, en el juicio de
residencia, que aburrido al cabo, se embarcó para la Metrópoli, haciendo
regalo de la señorial residencia, al paisano, amigo y mayordomo.
Decía la voz pública, que es hembra vocinglera y calumniadora, que don
Jaime había sido en Palacio correveidile o intermediario de su Excelencia
para todo negocio nada limpio, y como siempre las pulgas pican, de
preferencia, al perro flaco, resultó que muchos de los perjudicados, más
que al virrey, odiaban al mayordomo.
Una noche, sonadas ya las ocho, se aproximaba don Jaime a la Quinta del
Rincón, cuando le cayeron encima dos embozados que, puñal en mano, lo
amenazaron con matarlo si daba gritos pidiendo socorro. Resignóse el
catalán a seguirlos, que el argumerlto del puñal no admitía vuelta de
hoja, y lo condujeron al Cercado, lugarejo que, por esos tiempos, era de
espantosa lobreguez.
Allí le vendaron los ojos y, calle adelante, lo metieron en una casucha
donde, a calzón quitado, le aplicaron veinticinco azotes, con látigo de
dos ramales, y así, con el rabo bien caliente, lo acompañaron hasta
dejarlo en la plazuela del Prado.
Al día siguiente, era popular en Lima este pasquín:
Don Jaime, te han azotado
Y por si esto te desvela
A Amat dile que te huela
El clavel disciplinado.
Por supuesto que una copia de este pasquín llegó a manos del virrey,
quien, atragantándosele el tercer verso, dijo:
Que le huela... que le huela...
Que se lo huela su abuela.
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UN CALEMBOUR
Fray Francisco del Castillo, más generalmente conocido
por el Ciego de la Merced, fue un gran repentista o improvisador; su
popularidad era grande en Lima, allá por los años de 1740 a 1770.
Cuéntase que habiendo una hembra solicitado divorcio, fundándose en que su
marido era poseedor de un bodoque monstruosamente largo, gordo, cabezudo y
en que a veces, a lo mejor de la jodienda, se quitaba el pañuelo que le
servía de corbata al monstruo y largaba el chicote en banda, sucedió que
se apartaba de la querella, reconciliándose con su macho. Refirieron el
caso al ciego y éste dijo:
No encuentro fenomenal
El que eso haya acontecido
Porque o la cueva ha crecido
O ha menguado el animal.
Llegada la improvisación a oídos del Comendador o Provincial de los
mercedarios, éste amonestó al poeta, en presencia de varios frailes, para
que se abstuviera de tributar culto a la musa obscena.
Retirado el Superior, quedaron algunos frailes formando corrillo y
embromando al ciego por la repasata sufrida.
--¿Y qué dice ahora de bueno, el hermano Castillo?--preguntó uno de los
reverendos.
El hermano Castillo dijo:
El chivato de Cimbal,
Símbolo de los cabrones,
Tiene tan grandes cojones
Como el Padre Provincial.
Rieron todos de la desvergonzada redondilIa, pues parece que el Superior,
nacido en un pueblo del norte, llamado Cimbal, no era de los que por la
castidad conquistan el cielo.
No faltó oficioso que fuera con el chisme a su paternidad reverenda, quien
castigó al ciego con una semana de encierro en la celda y de ayuno a pan y
agua.
Los conventuales, amigos del lego poeta, le dijeron que podía libertarse
de la malquerencia del prelado aviniéndose a dar una satisfacclón.
El Padre Castillo echó cuentas consigo mismo y sacó en claro que, siendo
él cántaro frágil y el Comendador piedra berroqueña, lo discreto era no
seguir en la lucha del débil contra el fuerte; a esa sazón, paseaba su
reverencia por el claustro y, arrodillándose ante él, nuestro lego poeta
lo satisfizo con el siguiente, muy ingenioso
Calembour:
Pues lo dije, ya lo dije; Mas digo que
dije mal, Pues lo tiene como dije
Nuestro Padre Provincial.
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OTRA
IMPROVISACIÓN DEL
CIEGO DE LA MERCED
Señor, Dios ,que nos dejaste
Por patrimonio y herencia
La Pobreza y la Indigencia
Cosas que tú tanto amaste
Si era tan buena la cosa
Allá a tu mansión gloriosa
Do los ángeles se mueven
Que no juegan, que no beben
Ni fornican a una moza
¿Por qué no te las llevaste?
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LA COSA DE
LA MUJER
Era la época del faldellín, moda aristocrática que de
Francia pasó a España y luego a Indias, moda apropiada para esconder o
disimular redondeces de barriga.
En Lima, la moda se exageró un tantico (como en nuestros tiempos sucedió
con la crinolina), pues muchas de las empingorotadas y elegantes limeñas,
dieron por remate al ruedo del faldellín un círculo de mimbres o cañitas;
así el busto parecía descansar sobre pirámide de ancha base, o sobre una
canasta.
No era por entonces, como lo es ahora, el Cabildo o Ayuntamiento muy
cuidadoso de la policía o aseo de las calles, y el vecindario arrojaba sin
pizca de escrúpulo, en las aceras, cáscaras de plátano, de chirimoya y
otras inmundicias; nadie estaba libre de un resbalón.
Muy de veinticinco alfileres y muy echada para atrás, salía una mañana de
la misa de diez, en Santo Domingo, gentilísima dama limeña y, sin fijarse
en que sobre la losa había esparcidas unas hojas del tamal serrano, puso
sobre ellas la remonona botina, resbaIó de firme y dio, con su gallardo
cuerpo, en el suelo.
Toda mujer, cuando cae de veras, cae de espalda, como si el peso de la
ropa no le consintiera caer de bruces, o hacia adelante.
La madama de nuestro relato no había de ser la excepción de la regla y, en
la caída, vínosele sobre el pecho la parte delantera del faldellín junto
con la camisa, quedando a espectación pública y gratuita, el ombligo y sus
alrededores.
El espectáculo fue para aIquilar ojos y relamerse los labios. !Líbrenos
San Expedito de presenciarlo!
Un marquesito, muy currutaco, acudió presuroso a favorecer a la caída,
principiando por bajar el subversivo faIdelIín, para que volviera a cubrir
el vientre y todo lo demás, que no sin embeleso contemplara el joven; el
suyo fue peor que el suplicio de Tántalo.
Puesta en pie la maltrecha dama, dijo a su amparador:
--Muchas gracias, caballero. --Y luego, imaginando ella referirse al
descuido de la autoridad en la limpieza de las calles, añadió: --¿Ha visto
usted cosa igual...?
Probablemente el marquecito no se dio cuenta del propósito de crítica a la
policía que encarnaba la frasle de la dama, pues refiriéndola a
aquello,
a la cosa,
en fin, que por el momento halagaba a su
lujuria, contestó:
--Lo que es cosa igual, precisamente igual, pudiera ser que no; pero
parecidas, con vello de más o de menos y hasta pelonas, crea usted, señora
mía, que he visto algunas.
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FATUIDAD
HUMANA
Cuando el rey don Juan de Portugal se vio forzado, en
los primeros años del siglo XIX, a refugiarse en el Brasil, tuvo, pues su
majestad fue muy braguetero, por combleza o manfla, querida o menina, a la
más linda mulatita de Río de Janeiro, relaciones pecaminosas que, a la
larga, dieron por fruto un muchacho, lo que nada tiene de maravilloso,
sino de muy natural y corriente. !Esos polvos traen esos lodos!
Entiendo que la moza exprimió al rey don Juan, dejándolo con menos jugo
que a limón de fresquería.
Dicen las crónicas que Patrocinio, tal se llamaba la bagaza, era caliente
y alborotada de rabadilla, lo que la producía gran titilación y reconcomio
en el clítoris.
Con ella, los cortesanos no tenían más que invitarla a beber una copa de
onfacomelí (licor africano), y. . . a cabalgar se ha dicho. . .
Sospecho que Patrocinio era tan puta como cualquier chuchumeca de Atenas;
cuando a un
hombre le venía en gana echar un polvo con una de esas pécoras, no tenía
para qué gastar palabras; bastábale con cerrar el puño, levantando el dedo
índice. Si la hembra no estaba con patente sucia, o tenía otro compromiso
ajustado, le contestaba cerrando el pulgar, en la forma de anillo o
círculo.
Y ya saben ustedes, por si lo ignoraban, cuál fue el origen de esta
mímica, que hasta ahora subsiste, entre las mozas de burdel. El macho
también formaba anillo, metía en él el índice, y daba luego un taponazo,
que era como decir:
All right.
Barruntos tenía el rey de las frecuentes jugarretas de su coima, pero no
se atrevía a rezongar, por falta de pruebas; al cabo, durmiósele un día el
diablo a la muchacha y sorprendiéndola su señor, como dice la Epístola de
San Pablo illa sub, ilte super,
allí fue Troya. Don Juan la encerró, por un año,
en la prisión de prostitutas, y mandó al chico al Seminario de Lisboa;
corriendo los tiempos, lo hizo arzobispo de Coimbra.
Jubilada ya Patrocinio en la milicia de Venus, aunque nunca había estado
en correspondencia con su ilustrísimo y reverendísimo hijo, no pudo
negarse a dar una carta de recomendación, a su confesor, para el arzobispo
de Coimbra, llamado a entender en el asunto que la llevara al Portugal.
Leyó su Ilustrísima la carta, complació al portador en sus pretensiones, y
cuando éste fue a despedirse, pidiéndole órdenes para Río de Janeiro, le
dio la siguiente carta para Patrocinio:
Señora: Su recomendado le dirá que lo he servido a pedir de boca. No
vuelva usted a escribirme, y menos tratándome como cosa suya, porque
os filhos naturales do rey non tenlqern
madre (1). Dios la guarde.
No era Patrocinio de esas que lloran a lágrimas de hormiga viuda, ni
habría ido a Roma a consultar al Padre Santo la respuesta que cabría dar a
la fatuidad del arzobispillo.
He aquí su contestación:
Señor mío: Agradeciendo las atenciones que a mi confesor ha dispensado,
cúmpleme decirle que os filhos de puta non
tenhem padre. Dios le guarde.
(1) Así en el texto. E1 portugués del autor es más bien macarrónico. (n.
del ed.).
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DE BUENA A BUENO
La verdad purita es que, desde que desapareció la
tapada, de sayo y manto, desapareció también la sal criolla de la mujer
limeña. Era delicioso ir, hasta 1856, a la alameda de los Descalzos el día
de la porciúncula y en el de San Juan, a la alameda de Acho, en una tarde
de toros, y escuchar el tiroteo de agudezas entre ellas y ellos, que los
limeños no se quedaban rezagados en la chispa de las respuestas;
compruébalo este cuentecito:
Iba en la muy concurrida procesión de Santa Rosa, persiguiendo a gentil
tapada, un colegialito de San Carlos, mozo de veinte pascuas floridas,
correcto en la indumentaria y de simpático coranvobis, realzado con lentes
de oro, cabalgados sobre la nariz.
Lucía la tapada un brazo regordete y con hoyuelos, y al andar tenía un
cucuteo como para resucitar difuntos, dejando ver un piecesito que cabría
holgado en la juntura de dos losas de la calle.
Rompió los fuegos el galán, diciéndole a la incógnita belleza:
Me pego de balazos, con cualquiera, que me diga que no eres hechicera.
--¿ Versaina tenemos? !Límpiate que estás de huevo y déjame en paz, cuatro
ojos!
--Te equivocas, tengo cinco, un taco para el quinto. ¿Y a ti en el sexto,
cuántos te han puesto?
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LOS
INOCENTONES
Reniego de tales inocentones y la peor recomendación
que para mí puede hacerse de un muchacho, es la que algunos padres, muy
padrazos, creen hacer en favor de su hijo, cuando dicen: !fulanito es un
niño muy inocentón!
Siempre que escucho a un padre hablar de las inocentadas de su hija, me
viene en el acto a la memoria la copla sobre aquella inocentona que:
Un día dijo a un mozo
a la sombra de una higuera
En no metiéndome a monja
Méteme lo que tú quieras.
!Inocentones! ni para curar un dolor de muelas, se encuentra uno en este
planeta sublunar.
Conocí a un muchachote de dieciséis años de edad, que nunca había abierto
la boca para pronunciar una palabra; los médicos opinaban que no era mudo,
sino tartamudo, y que en el día menos pensado, rompería a hablar como una
cotorra; por supuesto que recomendaron a la madre lo tratase con mucho
mimo y que en nada se le contrariase. Realmente, una tarde, dijo el
enfermo:
--Mamá... mamá.
Es para imaginada, más que para descrita, la alegría de la buena señora,
que tenía al enfermito en el concepto de ser más inocente que todos los
que Herodes condenó a la degollina.
--!Angelito de Dios! ¿Qué quieres? ¿Qué deseas ?
Apuesto una cajetilla de cigarrillos, que es todo lo que puedo
despilfarrar, a que no adivinan ustedes lo que contestó el inocentón.
Vamos, !ya veo que no me aceptan la apuesta y que se dan por vencidos!
--Dime, rey del mundo--prosiguió la madre--, ¿qué es lo que quieres?
--!Chu... cha!--contestó lacónicamente el picaronazo.
Desde entonces, no creo en los inocentones.
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EL LECHERO DEL
CONVENTO
Allá, por los años de 1840, era yanacón o arrendatario
de unos potreros en la chacra de Inquisidor, vecina a Lima, un andaluz muy
burdo, reliquia de los capitulados con Rodil, el cual andaluz mantenía sus
obligaciones de familia con el producto de la leche de una docena de
vacas, que le proporcionaban renta diaria de tres a cuatro duros.
Todas las mañanas, caballero en guapísimo mulo, dejaba cántaros de leche
en el convento de San Francisco, en el Seminario y en el monasterio de
Santa Clara, instituciones con las que tenía ajustado formal contrato.
Habiendo una mañana amanecido con fiebre alta, el buen andaluz llamó a su
hijo mayor, mozalbete de quince años cumplidos, tan groserote como el
padre que lo engendrara, y encomendóle que fuera a la ciudad a hacer la
entrega de cantaras, de a ocho azumbres, de leche morisca o sin bautizar.
Llegado a la portería de Santa Clara, donde con la hermana portera estaban
de tertulia matinal la sacristana, la confesonariera, la refitolera y un
par de monjitas más, informó a aquella de que, por enfermedad de su padre,
venía él a llenar el compromiso.
La portera, que de suyo era parlanchina, le preguntó:
--¿Y tienen ustedes muchas vacas?
--Algunas, madrecita.
--Por supuesto que estarán muy gordas...
--Hay de todo, madrecita; las vacas que joden están muy gordas, pero las
que no joden están más flacas que usted, y eso que tenemos un toro que es
un grandísimo jodedor.
--!Jesús! !Jesús!--gritaron, escandalizadas, las inocentes monjitas--.
Toma los ocho reales de la leche y no vuelvas a venir, sucio, cochino, !
desvergonzado l ! sinvergüenza !
De regreso a la chacra, dio, el muy zamarro, cuenta a su padre de la
manera como había desempeñado su comisión, refiriéndole, también, lo
ocurrido con la portera.
--!Cojones! !Pedazo de bestia! !Buena la has hecho, hijo de puta! Ir con
esas pendejadas a calentar a las monjas. !Hoy te mato a palos, canalla!
Y le arrimó una buena zurribanda.
A la mañana siguiente, fue el patán andaluz llevando la leche al
monasterio, y por todo el camino iba cavilando sobre la satisfacción que
se creía obligado a dar a las monjas.
--Madrecitas --les dijo--, vengo a pedirles mil perdones, por las
bestialidades que dijo ayer, ese zopenco de mi hijo.
--No ponga usted caso en eso, ño Prisciliano--contestó una de las
monjas--, son cosas de muchacho inocente, que no sabe lo que habla.
Se sulfuró al oír esto ño Prisciliano; como yo, tenía tirria y enemiga con
los inocentones.
--¿Inocentón, mi hijo? No lo crea usted, madre. !Coño y recoño! Como que
no sabe usted, que el otro día lo sorprendí con tamaño pinga en la mano,
cascándose tres golpes de puñeta. !Carajo, con el inocentón!
Y las monjas, poniéndose las manos en los oídos, echaron a correr como
palomas asustadas por el gavilán.
Adivinarse deja, que cambiaron de lechero.
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PATO CON
ARROZ
Conocí a don Macario; era un honrado barbero que tuvo
tienda pública en Malambo, allá cuando Echenique y CastiIIa nos hacían
turumba a los peruanos.
Vecina a la tienda había una casita habitada por Chomba (Gerónima),
consorte del barbero y su hija Manonga (Manuela), que era una chica de muy
buen mirar, vista de proa, y de mucho culebreo de cintura y nalgas, vista
de popa.
Don Macario, sin ser borracho habitual nunca hizo ascos a una copa de
moscorrofio; y así sus amigos, como los galancetes o enamorados de la
muchacha, solían ir a la casa para remojar una aceitunita. El barbero que,
aunque pobre, era obsequioso para los amigos que su domicilio honraban,
condenaba a muerte una gallina o a un pavo del corral y entre la madre y
la hija, improvisaban una sabrosa merienda o cuchipanda.
En estas y otras, sucedió que, una noche, sorprendiera el barbero a
Manonguita, que se escapaba de la casa paterna, en amor y compañía de
cierto mozo muy
cunda.
Después de las exclamaciones, gritos y barullo del caso, dijo el padre:
--Usted se casa con la muchacha o le muelo
las costillas con este garrote.
--No puedo casarme--contestó el mocito.
--!Cómo que no puede casarse, so canalla! --exclamó el viejo, enarbolando
el leño; es decir que se proponía usted culear a la muchacha, así... de
bóbilis, bóbilis... de cuenta de buen mozo y después. . . ahí queda el
queso para que se lo coman los ratones? No señor, no me venga con
cumbiangas,
porque o se casa usted, o lo hago
charquicán.
--Hombre, no sea usted súpito,
don Macario, ni se suba tanto al cerezo; óigame
usted, con flema, pero en secreto.
Y apartándose, un poco, padre y raptor, dijo éste, al oído, a aquél:
--Sepa usted, y no lo cuente a nadie, que no puedo casarme, porque... soy
capón;
pregúntele al doctor Alcarraz? si no es cierto que, hace dos años, para
curarme de una purgación de garrotillo, tuvo que sacarme el huevo
izquierdo, dejándome en condición de eunuco.
--¿Y entonces, para qué se la llevaba usted a mi hija?--arguyó el barbero,
amainando su exaltación.
--!Hombre, maestrito! Yo me la llevaba para cocinera, porque las veces que
he comido en casa de usted, me han probado que Manonga hace un arroz con
pato delicioso y de chuparse los dedos.
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LA MOZA DEL
GOBIERNO
Carolina L. .. era, en 1861, una guapa hembra y por la
que el Presidente de la República, el gran mariscal don Ramón Castilla, se
desmerecía como un cadete. Con frecuencia y de tapadillo, como se dice,
iba después de las once de la noche a visitarla, siendo notorio que su
excelencia era el pagano que, sin tacañería, cuidaba del boato de Ia dama.
El mariscal tenía, por entonces, sesenta y cuatro agostos, pues nació en
1797, y aún parecía hombre sano y enterote; algo debió influir la edad,
para que Carolina anheIara las caricias de un joven, con vigor, para
registrarla bien los riñones de la concha, cucaracha o como la llamen
ustedes.
Víctor Proaño, que con el tiempo llegó a ser general de brigada, en la
vecina república del Ecuador y que desde 1860 residía en Lima, en la
condición de proscrito, era mozo gallardo y emprendedor y con pujanza para
metérselo a un loro por el pico. Demás está añadir que no fue para él asco
de iglesia la conquista de Carolina.
Al cabo llegó a noticias del mariscal, de que cuando él, después de las
doce, se retiraba de casa de su
maitresse, volvía a
abrirse la puerta para dar entrada a otro hombre que no iría, por cierto,
a rezar vísperas sino completas con Carolina.
Una noche, al aproximarse Proaño a la casa, le echaron zarpa encima tres
embozados de la policía, lo enjaularon en un coche, lo condujeron al
Callao y lo embarcaron en el vapor que a las dos de la tarde zarpaba para
Valparaíso. A Proaño le dijo el comandante Vaquero, que era el jefe de los
esbirros, que el gobierno lo desterraba por conspirador; un pretexto, como
otro cualquiera, para alejar estorbos.
Es entendido que la dama se defendió como pudo ante don Ramón y que
continuó en buen predicamento con él, que acaso en sus adentros murmuraba:
Me dices que eres honrada,
Así lo son las gallinas
Que cacarean, no quiero...
Y tienen al gallo encima.
El ministro de gobierno era un caballero que, por la talla, merecía ser
tambor mayor y al cual había bautizado Castilla con el mote de Casa de
Tres Pisos, añadiendo que el piso de abajo, corazón y barriga, estaban
siempre bien ocupados, pero que el piso alto, el cerebro, era, a veces,
habitación vacía.
El ministro tuvo la entereza para decir al Presidente, que encontraba
arbitrarios la prisión y destierro de Proaño, a lo que contestó don Ramón:
--!Vaya unos escrúpulos de Fray Gargajo, los que tiene usted, señor
ministro! Ni un colegial se queda tan fresco, cuando otro le birla su
hembra... Soy ya gallo de mucha estaca...
--Pero, señor Presidente... --interrumpió el ministro.
--Nada, nada, señor don Manuel... este es asunto hasta de dignidad
nacional. Este hombre va bien desterrado, porque siendo extranjero, ha
tenido la insolencia de quitarle la moza al Gobierno del Perú... Y sépalo,
señor ministro, el Gobierno no quiere aguantar cuernos.
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MATRICULA DE COLEGIO
Signore, dom Pietro Cañafistola, directtore de la
escuela municipale de Chumbivilcas, 3 de Aprile de 1890.
Mio diletto signore: Fa favore de matriculeare ne la sua escuela, mei
figlici Benedetto, Bartolomeo e Cipriano, natti in questta citá de
Chumbivilcas, il giorno 20 de Febraio de 1881.
Sono suo servitore e amico
Crispín Gatiessa
Leída por el dómine esta macarrónica esquela, calóse las gafas, abrió el
cuaderno de registro o matrícula escolar, entintó la pluma y antes de
consignar los datos precisos, entabló conversación con sus futuros
alumnos.
Eran estos tres chicos de nueve años, venidos al mundo, en la misma hora o
paricio, de una robusta hembra chumbivilcana, casada con don Crispín
Gatiessa, boticario de la población, que era un genovés como un trinquete
y, tanto, que de una culeada le clavó a su mujer tres muchachotes muy
rollizos.
A la simple vista, era casi imposible diferenciar a los niños, pues caras
y cuerpos eran de completa semejanza.
--¿Cuál es tu nombre?--preguntó don Pedro a uno de los chicos.
--Servidor de usted, señor maestro, Benedicto--contestó el interrogado con
voz de flautín, anacrónica en ser tan desarrollado y vigoroso.
--Vaya una vocesita para meliflua--musitó el magister--j y tú, ¿qué nombre
llevas? --continuó, dirigiéndose al otro.
--Para servir a Dios y a la Patria, me llamo Bartolomé--con idéntica voz
atiplada.
--¿Otra te pego, Diego? --murmuró, para sí, el maestro--. !Vaya un par de
maricones! !Lucido está el bachicha con su prole! ¿Y tú? --preguntó,
dirigiéndose al tercero.
--¿Yo?, yo soy Crispín Gatiessa--contestó con voz de trueno, el muchacho.
Casi se cae de espaldas el bueno de don Pedro Cañafistola, ante tamaño
contraste, y exclamó:
--!Para la puta que los parió! !Qué cosa! ¿En qué consistirá, que siendo
estos tres niños tan iguales de figura, nacidos del mismo vientre, de la
misma ventregada, o en el mismo día, uno discrepe tanto por el vocerrón?
Aquí me digo yo, cualquiera pierde su latín. !Vaya con los caprichos de la
naturaleza!
--Yo le diré a usted, señor maestro, como mi madre no tiene sino dos
tetas, ésas sirvieron para que estos dos hermanos mamasen a boca que
quieres, y por eso han salido así... pobrecitos de voz.
--Y tú, ¿qué teta mamaste?
--Yo, ninguna.
--¿Cómo ninguna?
--Sí, señor, ninguna: yo mamaba el pájaro de mi padre... y por eso he
sacado este vocejón.
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LA CENA DEL
CAPITÁN
A Dios gracias, parece que ha concluido en el Perú, el
escandaloso período de las revoluciones de cuartel; nuestro ejército vivía
dividido en dos bandos, el de los militares levantados y de los militares
caídos.
Conocíase a los últimos con el nombre de indefinidos hambrientos; eran
gente siempre lista para el bochinche y que pásaban el tiempo esperando la
hora... la hora en que a cualquier general, le viniera en antojo encabezar
revuelta.
Los indefinidos vivían de la mermadísima paga, con que de tarde en tarde,
los atendía el fisco, y sobre todo, vivían de petardo; ninguno se avenía a
trabajar en oficio o en labores campestres. Yo no rebajo mis galones,
decía, con énfasis, cualquier teniente zaragatillo; para él más honra
cabía en vivir del peliche o en mendigar una peseta, que en comer el pan
humedecido por el sudor del trabajo honrado.
El capitán Ramírez era de ese número de holgazanes y sinvergüenzas; casado
con una virtuosa y sufrida muchacha, habitaba el matrimonio un miserable
cuartucho, en el callejoncito de Los Diablos Azules, situado en la calle
ancha de Malambo. A las ocho de la mañana salía el marido a la rebusca y
regresaba a las nueve o diez de la noche, con una y, en ocasiones felices,
con dos pesetas, fruto de sablazos a prójimos compasivos.
Aun cuando no eran frecuentes los días nefastos, cuando a las diez de la
noche, venía Ramírez al domicilio sin un centavo, le decía tranquilamente
a su mujer: Paciencia, hijita, que Dios consiente, pero no para siempre, y
ya mejorarán las cosas cuando gobiernen los míos; acuéstate y por toda
cena, cenaremos un polvito. .. y un vaso de agua fresca.
En una fría noche de invierno, la pobre joven, hambrienta y tiritando, se
sentó sobre un taburete junto al brasero, alimentando el fuego con virutas
recogidas en la puerta de un vecino carpintero; llegó el capitán,
revelando en lo carilargo, que traía el bolsillo limpio y que, por
consiguiente, esa noche iba a ser de ayuno para el estómago.
--¿Qué haces ahí, Mariquita, tan pegada al brasero?--preguntó, con acento
cariñoso, el marido.
--Ya lo ves, hijo--contestó en el mismo tono la mujercita--; estoy
calentándote la cena.
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LA MISA A ESCAPE
De Bogotá era obispo
Monseñor Cuero
Que fue un sabio y un santo
De cuerpo entero.
Su misa para el pueblo,
Poco duraba,
Pues en cinco minutos
La despachada;
Porque del Evangelio
Nunca leía
Sino un par de versículos,
Y así decía:
Perdona, Evangelista,
Si más no Ieo;
Basta de pendejadas
De San Mateo.
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Johannes W. de
Wekker junio, 2004
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