EL SAMÁN DE GÜERE

Por: Oscar Rojas Jiménez

   Vi el Samán de Güere un día cualquiera, mustio y casi sin hojas: Sus brazos apenas se movían cuando el viento cálido de la campiña los besaba apasionadamente en un intento noble de inyectarles vida, movilidad, verdes colores de los árboles jóvenes, que apenas lograban arrancarle débiles gemidos vegetales, sordas protestas al agónico padre de la flora venezolana, que tan sólo parece desear en estos momentos definitivos, paz y quietud para bien morir.  Por el camino, limpio de sol, pasan vehículos veloces atestados de pasajeros, quienes distraen sus miradas por los verdes sedantes sin reparar en la tragedia del árbol que yace entre barrotes oxidados.

   En los minutos más graves del tránsito cuando la materia tan codiciada en las horas del buen vivir declina sus arrogancias y se prepara para ingresar en el seno de la madre tierra, suelen reunirse en torno al paciente los seres que en vida le amaron entrañablemente.   Por eso están aquí, en la hora solemne, las sombras inmortales de ilustres deudos. 

   En otros tiempos ellos supieron de la generosidad sin límites y de su sombra cordial y acogedora; de la fragancia de sus ramazones verdes, tónico para el caminante fatigado, amante de estos caminos donde la patria es lección profunda para los venezolanos.  Están aquí, invisibles espíritus, Don Alejandro Humboldt, ilustre varón tudesco de origen y americano de corazón, de quien dijo El Libertador en ocasión memorable que sus servicios al continente americano valían más que el de los conquistadores.  Bajo su sombra amable estuvo el sabio cuando se despidió definitivamente de la andaluza ciudad de Caracas aquel memorable 7 de febrero.  Después de haber descansado en la antigua "Hacienda Monterota", muy de mañana salió para la población de Turmero para admirar con tiempo el maravilloso "Samán".  Para esta fecha, el árbol que lleva el nombre de Güere por el recuerdo triste del Cacique traidor, aliado de los blancos conquistadores, contaba mil años y tenía un vástago famoso: El Árbol del Buen Pastor o Samán de Catuche, que aún vive en su Placita de la Trinidad vigilando el Panteón Nacional y evocándonos la diáfana memoria del padre José Cecilio Ávila, el amigo y protector de nuestro escritor romántico Juan Vicente González.

El Samán de Güere, en la actualidad   Pasa también a esa hora solemne Simón Bolívar; desde sus posesiones en San Mateo solía emprender hasta el pie del árbol periódicas excursiones como aquella célebre, en compañía de varios oficiales extranjeros de su ejército, para mostrarles las excelencias del árbol.  Entre otros va con él en ésta ocasión el coronel y geógrafo Agustín Codazzi, natural de Lugo en la Italia Septentrional, recién llegado al país del puerto norteamericano de Baltimore al tener noticias de los triunfos contra los españoles de su nuevo amigo: El Libertador.  El antiguo compañero de luchas del coronel Ferrari escribe años después en su famosa Geografía de Venezuela, refiriéndose a ese viaje y, al describir el Cantón de Turmero y los samanes de los alrededores, que "ninguno iguala a este famoso de Güere, bajo cuya sombra puede reposar, con desahogo, un batallón en columna".  Y don Alejandro Humboldt en su Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente nos da esta maravillosa descripción que vale la pena conocerla en parte: "Al salir del pueblo de Turmero, a una legua de distancia, se descubre un objeto que se presenta en el horizonte como un terromontero redondeado, como un "tumulus" cubierto de vegetación.  No es colina ni grupo de árboles muy juntos, sino un solo árbol, el famoso Samán de Güere, conocido en toda la provincia (de Venezuela) por la extensión de sus ramas, que forman una copa hemisférica de quinientos sesenta y seis pies de circunferencia.  Samán, que es el nombre indígena, es una especie de Mimosa cuyos brazos torcidos de dividen por bifurcación.  Reproducción de un Samanea Saman (Árbol de Lluvia) tomado de: Beech Forest..!Su follaje tierno y delicado se destaca agradablemente sobre el azul del cielo.  Largo tiempo nos detuvimos bajo la bóveda vegetal.  El tronco del Samán de Güere se encuentra sobre el mismo camino de Turmero a Maracay, solo tiene sesenta pies de alto y nueve de diámetro; pero su verdadera belleza consiste en la forma general de su cima.  Los brazos se despliegan como un vasto parasol y se inclinan todos hacia el suelo, del que quedan uniformemente separados de doce a quince pies.  La periferia del ramaje o de la copa es tan regular, que trazando diferentes diámetros hallé que tenían de ciento noventa y dos a ciento ochenta y seis pies.  Uno de los lados del árbol estaba por entero despojado de sus hojas a causa de la sequía, y en otros quedaban a un mismo tiempo hojas y flores.  Cubren sus brazos y desgarran su corteza "tilandsias", "loranteas", "pitahayas" y otras parásitas.  Los habitantes de los valles, y sobre todo los indios, tienen veneración por el Samán de Güere, al que parecen haber hallado los primeros conquistadores poco más o menos en el mismo estado que hoy lo vemos.  Desde que se le viene observando atentamente no se le ha visto mudar de grosor ni de forma".

   También se cuenta entre los admiradores del histórico árbol: Don Andrés Bello, que en impecable soneto cantó la fresca sombra de su copa verde, y entre los contemporáneos los poetas Carlos Borges y Sergio Medina.

   He visto el Samán de Güere una madrugada gris y lluviosa con su fronda espléndida, toda llena de vida.  Con las primeras luces del alba los pájaros cantan en sus ramazones abuelas y todos los compañeros de la campiña sacuden gratamente sus brazos en señal de colectiva alegría.

Rrecopilado por J. W. de Wekker Vegas  de: "Paisajes y Hombres de América", de Oscar Rojas Jiménez, Ediciones del Ministerio de Educación, 1954 (El texto reproducido corresponde al Capítulo III del segmento "Paisajes" de la mencionada publicación)

Una información más completa sobre este
icono de nuestra historia la puede encontrar en:


 
www.samandeguere.com

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© Copyright Johannes W. de Wekker  junio, 2004