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Vi
el Samán de Güere un día cualquiera, mustio y casi sin hojas: Sus brazos
apenas se movían cuando el viento cálido de la campiña los besaba
apasionadamente en un intento noble de inyectarles vida, movilidad,
verdes colores de los árboles jóvenes, que apenas lograban arrancarle
débiles gemidos vegetales, sordas protestas al agónico padre de la flora
venezolana, que tan sólo parece desear en estos momentos definitivos,
paz y quietud para bien morir. Por el camino, limpio de sol, pasan
vehículos veloces atestados de pasajeros, quienes distraen sus miradas
por los verdes sedantes sin reparar en la tragedia del árbol que yace
entre barrotes oxidados.
En los minutos más graves del tránsito cuando la materia tan codiciada
en las horas del buen vivir declina sus arrogancias y se prepara para
ingresar en el seno de la madre tierra, suelen reunirse en torno al
paciente los seres que en vida le amaron entrañablemente. Por eso
están aquí, en la hora solemne, las sombras inmortales de ilustres
deudos.
En
otros tiempos ellos supieron de la generosidad sin límites y de su
sombra cordial y acogedora; de la fragancia de sus ramazones verdes,
tónico para el caminante fatigado, amante de estos caminos donde la
patria es lección profunda para los venezolanos. Están aquí, invisibles
espíritus, Don Alejandro Humboldt, ilustre varón tudesco de origen y
americano de corazón, de quien dijo El Libertador en ocasión memorable
que sus servicios al continente americano valían más que el de los
conquistadores. Bajo su sombra amable estuvo el sabio cuando se
despidió definitivamente de la andaluza ciudad de Caracas aquel
memorable 7 de febrero. Después de haber descansado en la antigua
"Hacienda Monterota", muy de mañana salió para la población de Turmero
para admirar con tiempo el maravilloso "Samán". Para esta fecha, el
árbol que lleva el nombre de Güere por el recuerdo triste del Cacique
traidor, aliado de los blancos conquistadores, contaba mil años y tenía
un vástago famoso: El Árbol del Buen Pastor o Samán de Catuche, que aún
vive en su Placita de la Trinidad vigilando el Panteón Nacional y
evocándonos la diáfana memoria del padre José Cecilio Ávila, el amigo y
protector de nuestro escritor romántico Juan Vicente González.
Pasa también a esa hora solemne Simón Bolívar; desde sus posesiones en
San Mateo solía emprender hasta el pie del árbol periódicas excursiones
como aquella célebre, en compañía de varios oficiales extranjeros de su
ejército, para mostrarles las excelencias del árbol. Entre otros va con
él en ésta ocasión el coronel y geógrafo Agustín Codazzi, natural de
Lugo en la Italia Septentrional, recién llegado al país del puerto
norteamericano de Baltimore al tener noticias de los triunfos contra los
españoles de su nuevo amigo: El Libertador. El antiguo compañero de
luchas del coronel Ferrari escribe años después en su famosa Geografía
de Venezuela, refiriéndose a ese viaje y, al describir el Cantón de
Turmero y los samanes de los alrededores, que "ninguno iguala a este
famoso de Güere, bajo cuya sombra puede reposar, con desahogo, un
batallón en columna". Y don Alejandro Humboldt en su Viaje a las
regiones equinocciales del Nuevo Continente nos da esta maravillosa
descripción que vale la pena conocerla en parte: "Al salir del pueblo de
Turmero, a una legua de distancia, se descubre un objeto que se presenta
en el horizonte como un terromontero redondeado, como un "tumulus"
cubierto de vegetación. No es colina ni grupo de árboles muy juntos,
sino un solo árbol, el famoso Samán de Güere, conocido en toda la
provincia (de Venezuela) por la extensión de sus ramas, que forman una
copa hemisférica de quinientos sesenta y seis pies de circunferencia.
Samán, que es el nombre indígena, es una especie de Mimosa cuyos brazos
torcidos de dividen por bifurcación.
Su follaje tierno y delicado se
destaca agradablemente sobre el azul del cielo. Largo tiempo nos
detuvimos bajo la bóveda vegetal. El tronco del Samán de Güere se
encuentra sobre el mismo camino de Turmero a Maracay, solo tiene sesenta
pies de alto y nueve de diámetro; pero su verdadera belleza consiste en
la forma general de su cima. Los brazos se despliegan como un vasto
parasol y se inclinan todos hacia el suelo, del que quedan uniformemente
separados de doce a quince pies. La periferia del ramaje o de la copa
es tan regular, que trazando diferentes diámetros hallé que tenían de
ciento noventa y dos a ciento ochenta y seis pies. Uno de los lados del
árbol estaba por entero despojado de sus hojas a causa de la sequía, y
en otros quedaban a un mismo tiempo hojas y flores. Cubren sus brazos y
desgarran su corteza "tilandsias", "loranteas", "pitahayas" y otras
parásitas. Los habitantes de los valles, y sobre todo los indios,
tienen veneración por el Samán de Güere, al que parecen haber hallado
los primeros conquistadores poco más o menos en el mismo estado que hoy
lo vemos. Desde que se le viene observando atentamente no se le ha
visto mudar de grosor ni de forma".
También se cuenta entre los admiradores del histórico árbol: Don Andrés
Bello, que en impecable soneto cantó la fresca sombra de su copa verde,
y entre los contemporáneos los poetas Carlos Borges y Sergio Medina.
He
visto el Samán de Güere una madrugada gris y lluviosa con su fronda
espléndida, toda llena de vida. Con las primeras luces del alba los
pájaros cantan en sus ramazones abuelas y todos los compañeros de la
campiña sacuden gratamente sus brazos en señal de colectiva alegría. |