¿Corría sangre negra por
 las venas de
El Libertador?

     Uno de los tantos argumentos con los que se atacó a Simón Bolívar en vida, y que muchos esgrimen hoy en día, bien sea con motivos proselitistas o simplemente por un resentimiento social, difícilmente entendible; fue una supuesta mezcla de sangre, bien sea india, negra, o de ambas, en el linaje del Libertador, o lo que se ha dado a llamar "El nudo de Marín"; visto desde el punto de vista de la Venezuela del siglo XXI, esto no tiene mucha importancia; pero en la América donde vivió Bolívar, o en la misma Venezuela de principios y mediados del siglo XX, la pacata sociedad "goda" daba mucha importancia a una supuesta "limpieza de sangre".  Una pureza racial que en Venezuela nunca existió; ya que como una vez dijo el escritor Arturo Uslar Pietri: <<<"Cualquier venezolano debe ir a buscar sus ancestros en el centro del Congo Belga">>> (la frase no es textual)...

     Junto con esta recopilación de seis escritos sobre el tema: dos insinuando el mestizaje; una descripción intrigante sobre el Libertador atribuida a Páez; dos textos en defensa del Libertador y un estudio serio sobre: "El nudo de Marín"; he montado además, en "Simón Bolívar, el hombre" cuatro artículos adicionales: "El mestizaje en Venezuela", "Los Mestizos", "Los Pardos" y "Los Criollos" que podrán dar al lector una idea de la absurda estratificación social de "clases" que existía, no solo durante la colonia, sino hasta bien avanzado el siglo XX en Venezuela y que aún perdura en algunas de las hermanas Repúblicas Bolivarianas.

     Este mestizaje el cual yo, hijo de europeo y venezolana, exhibo con orgullo fue un pecado sembrado en la colonia por aquellos que lo provocaron; ya que fue el español conquistador, que satisfaciendo su torvo libido medieval mediante la violación, quien produce los mestizos o los pardos, a quienes, después, él mismo segrega abandonándolos a su propia suerte; y es el propio godo "criollo" quien con el correr de los siglos lo sigue promoviendo cuando se acuesta con la doncella, o con la hija del trabajador de su hacienda, y luego, al golpe del dinero,  pretende ignorar hipócritamente el fruto de sus "travesuras".

J. W. de W.

Textos y figuras tomados de:

ICONOGRAFÍA DEL LIBERTADOR
Recopilada por: Enrique Uribe White:
Ediciones Lerner - 1967

LUIS LÓPEZ DE MEZA,
”Simón Bolívar y la cultura ibero-americana”
Revista de América, Bogotá. Nº 7, julio de 1945, P. 8

    Convergen en la constitución somática y en el carácter del Libertador Simón Bolívar varias estirpes raciales, pues que tuvo de vasco, de castellano, de andaluz, con una pincelada de negro y otra quizás, Rojas, Blanco y Ochoa al fin, de algún hebreo remoto. Revélase lo vizcaíno suyo en algunos rasgos fundamentales de su fisonomía, nariz, cejas y ojos, por ejemplo, y en esa su conformación maciza de la órbita en general, sobre la cara angulada y enjuta.  El rizado de los cabellos, la boca un tanto, y el matiz trigueño del rostro, denuncian en él ese otro antecesor mulato, y más aún, su dolicocefalia peculiar, que en la mascarilla que le tomaron al morir se define prominentemente negroide.

 

    Su don eminentísimo de adaptabilidad espacial y su ductilidad social oportunista, su chisporroteante mesianismo, sobre todo, caracterológica, aunque levemente, le vinculan al grupo étnico de Israel.  Y digo levemente apenas, porque en los israelitas, si padecen de infortunio, surge un poco la idealidad de Cristo, y si les asisten el poder y las riquezas, algo truécanse en Herodes despiadados, pocas veces sintetizando la totalidad de lo humano en sí, lo específicamente moral del hombre culto, mientras que en Bolívar notoriamente se dio ese carácter de lo Universal, muy humano y firme.

 

    (p. 19). Lo mestizo en él, lo mezclado, diré mejor, resaltaba mucho en la diferencia que existía entre su cabello oscuro y sus barbas y bigotes castaños, entre la bronceada tez del rostro y el blanco cutis de su cuerpo (que muchos pretenden explicar por la acción quemante de la intemperie, que a ello, sin duda contribuyó, pero que no íntegramente podía determinarlo en tales proporciones), y en su boca grande y diminutos pies, finamente modelados, en su inquietud física perenne y por su gusto por la magnificencia espectacular decorativa.

 

    Y ese “mestizaje” dificulta enormemente la definición del temperamento y del espíritu de quienes nacieron así, pues multiplica las antinomias y las contradicciones de sentimientos y conducta, de los propios ideales y de los procesos de la voluntas ejecutiva…

 

 

SALVADOR DE MADARIAGA,
”Bolívar”
2ª EDICIÓN –Hermes- México, 1953, T. I.

    (p. 65).  El linaje de los Bolívar y otros como los Villegas, Infante, Martínez de Madrid, Ladrón de Guevara, aportaron al Libertador la savia de la añeja encina española y del laurel.  Pero Simón Bolívar hubiese sido como figura histórica mucho menos representativo, como ser humano mucho menos complejo, como americano mucho menos arraigado en el suelo del nuevo mundo, de haber sido blanco puro.  Aunque las fuerzas y los espíritus ambientales le hubiesen influido, no hubiera podido tener acceso ---como lo tuvo--- a las capas más profundas del alma de las indias, si su familia no hubiese absorbido, más de una vez, sangre negra y sangre india. 

“¿Qué dirán las naciones europeas cuando lleguen a saber que Bolívar es Zambo?,  preguntaba Simón Rodríguez o Carreño en su vigorosa defensa del Libertador.  ¿Qué dirán los rubios de Inglaterra, los de Escocia, los de Francia y sobre todo los de… Andalucía?--- un zambo mandando indios en el Perú… ¡qué impropiedad!---  Y ¿qué dirían las gentes de juicio, si el autor de esta defensa emprendiese a probar con papeles o con opiniones que Bolívar es blanco de primera, de segunda o de trigésima extracción? ---noble de primera o centésima jerarquía---; Bolívar y su defensor son zambos; pero ninguno es necio.”

    Esta es una de las páginas más agudas que escribió aquel hombre estrafalario que el capricho de la suerte acercó a las mocedades de Bolívar.  El astuto “maestro”, bañado en la  gloria de su ya famoso “alumno”, no iba a caer en la candidez de reconocer, ni en la de negar, que por las venas de Bolívar corrían las tres sangres de las indias; porque si lo negaba, perdía el Libertador el apoyo indispensable de las masas; y si lo reconocía, perdía el Libertador el prestigio que todavía irradiaba de la sangre blanca.  Y el hecho de que estas dos actitudes se excluían mutuamente no les importaba para convivir en el pecho de cada cual, ya fuese blanco, negro, indio, mestizo o zambo, aunque se llamara Simón, ya fuera Rodríguez o Bolívar.

 

    (p. 66).  Puede darse por hecho de que las ramas de la familia Bolívar todavía por explorar, y las americanas, arraigan en el suelo de indias, a través de una u otra de las estirpes de color; ya que el perjuicio universal para con la gente de color obra para impedir la rebusca y callar los resultados.  “La misma familia Bolívar, aunque de abolengo ilustre ---escribe Gil Fortoul--- tenía ya sangre mestiza a fines de la colonia”.  Hay un caso desde luego poco menos que cierto: el de la bisabuela del Libertador, que aportó a la familia las minas de Cocorote y el señorío de Aroa, así domo la misma casa en que nació.  Josefa Marín de Narváez era hija natural de Francisco Marín de Narváez y de una mujer de quien no se sabe gran cosa.   El propio Marín escribe: “tengo una hija natural y por tal la reconozco, nombrada Josefa, a la cual hube en una doncella principal, cuyo nombre callo por decencia, con la cual pudiera contraer matrimonio sin dispensación cuando la hube”.  La probabilidad que esta “doncella principal” era oscura no puede ser mayor.

 

    Ahora bien: ¿cómo pudo la hija ilegítima de una mujer oscura, o por lo menos envuelta en la oscuridad, entrar a formar parte de una familia tan ilustre como la de Bolívar?  La respuesta es: Por dinero.  Francisco Marín de Narváez, nacido en Cójar, lugar del reino de Granada, en virtud de Real Cédula de 1663 compró a la Corona en cuarenta mil pesos las minas de Cocorote y el señorío de Aroa con el derecho de nombrar y  separar a los tenientes de justicia.  En 1668 nació su hija.  No se nombra la madre para nada hasta morir Marín en Madrid en 1673 dice de ella que era doncella principal.  Quedó la niña a cargo de su tía, doña María Marín de Narváez, fundadora del hospital de caridad para mujeres de Caracas; y ambas alojadas en la casa de su tío Gonzalo Marín de Granizo.  Pero al morir el padre, Josefa, que tenía cinco años, subió a la categoría de Heredera, y por lo tanto fue objeto de la mayor atención.  El proveedor, Pedro Jaspe de Montenegro, Alguacil Mayor de la Inquisición y Alcalde de Caracas, designado en el testamento como tutor de la niña para el caso de que su tía tuviese que morir, concibió graves dudas sobre la situación por haber “llegado a entender que es prohibido por derecho a las mujeres excepto a la madre y la abuela ser tutrices, por ser oficio que no admite su sexo”; y a pesar de las protestas de doña María, el Alcalde ordinario del día, atropellando por el testamento, entregó a su colega de ayer y de mañana la niña y desde luego la fortuna.  Josefa tenía entonces siete años.  Apenas cumplidos los trece, el Proveedor se apresuró en casarla con su sobrino Pedro Ponte, quien, en su testamente, fechado en 1776, tiene la sinceridad de declarar: “que al tiempo y cuando contraje el dicho matrimonio, no tenía yo caudal ni bienes algunos, y la dicha mi mujer trajo a él unas casas en esta ciudad en la plaza del convento de  San Jacinto, y una hacienda arbolada de cacao situada en el valle de San Nicolás, jurisdicción de la ciudad de Barquisimeto, y otra hacienda asimismo de cacao en el valle de Niaren, jurisdicción de la ciudad de Nirgua, con diferentes esclavos, así en la una como en la otra, con la posesión de tierras que a cada una de dichas haciendas pertenecen, los que otras veces me fueron entregados por el dicho mi tío, como tutor que fue de la dicha mi mujer”.

 

(En las páginas 165, 166 y siguiendo se extiende Madariaga en otras consideraciones, hasta volver al tema de la “veta de color”).

    (p. 174).  Hasta aquí el blanco.  Pero aunque sea en pequeñas proporciones, era también Bolívar Pardo y Mestizo.  El pardo lo revela no solo en ciertos rasgos físicos ---el pelo crespo, el labio saliente, los ojos de azabache, la forma del cráneo--- sino también en cierta exuberancia, cierta turbulencia que brota de él de cuando en cuando, en su inmoderada afición al baile, al apetito sexual, su tendencia a la vistosidad y a los goces corporales, en oposición a la neta austeridad castellana, sus miles de pesos de agua de colonia.  Por su sangre negra, Bolívar tenía acceso directo al alma africana, rica en fuerzas anímicas, que el crimen y la crueldad de los blancos había trasladado al Nuevo Mundo.  El blanco en él tomaba hacia el blanco a veces, la actitud desdeñosa y dominante del conquistador; otras, la cristiana y caritativa del fraile.  Como hombre de capa y espada solía despreciar a los negros y los mulatos; como hombre de garnacha, empapado en las doctrinas de los frailes traducidas por su amigo Carreño al lenguaje del siglo, Bolívar se sentía campeón de todos los hombres, incluso de los negros.  El negro en él era indiferente hacia España, con quien no le unían más que lazos de resentimiento por la libertad y el país perdidos.  Pero ese resentimiento del negro contra España era mucho menos intenso y peligroso que el del mestizo; y por dos causas.  Detrás de los negros no había colectividad, masa orgánica; sino solo individuos sueltos, procedentes de lugares diversos del África, trasladados en tiempos distintos y al azar del tráfico.  Y por otra parte el negro sabía que en las tierras españolas del Nuevo Mundo se trataba a sus hermanos incomparablemente mejor que bajo cualquier otra bandera, y que bajo la ley hispana le era mucho más fácil al esclavo recobrar su libertad.  Con todo, el hecho de que Bolívar tuviera sangre negra en sus venas ha debido hacerle más fácil la rebelión contra el mundo español que también vibraba en sus venas y que era con mucho la tradición más vigorosa de su alma.

 

    Mucho menos en evidencia de sus rasgos, aunque no del todo ausente, había también en Bolívar un elemento indio que le prestaba aspectos tanto del natural puro de las Indias como del mestizo.  Aquella honda tristeza que observamos en él como la actitud normal de sus momentos de reposo, con ser muy española y hasta gallega, recuerda también el sufrimiento del paciente indio dominado por un pueblo superior.  En la vida de Bolívar se dan varias etapas de pasividad en que parece incapaz de acción, que pudieran ser debidas a retornos temporales a la superficie del ser, del indio oculto en sus entrañas.  La larga paciencia con que le vemos aguardar a sus enemigos y a sucesos es también rasgo indio de su complejo carácter; y se da en él una curiosa añoranza a los días indios del nuevo mundo, que sería inexplicable sin la sangre india en sus venas.

 

    (p. 176).  A causa del prestigio incomparable de la estirpe blanca en las Indias, el alma colectiva del nuevo mundo anhelo la sangre blanca.   Durante tres siglos, sangre blanca, en el nuevo mundo español quería decir sangre española; de allí el tesón que pusieron los criollos en llamarse “españoles”.  Para ellos era especial llamarse españoles, porque así daban a entender que eran blancos.  Este anhelo, hacia arriba, hacia el blanco, regía la vida social, y en particular las relaciones sexuales, legítimas o ilegítimas.  Todo el mundo procuraba mejorar sus grados de blancura con preferencia a su situación económica.  Cualquier español de España, por humilde que fuera en rango o en educación, podía contraer un matrimonio aventajado trocando su sangre blanca por una hacienda de cacao o una mina de plata en forma de una dama más o menos parda.  Ya hemos visto un caso así en la familia Bolívar, donde el gallego Jaspe de Montenegro se casa con la “Marín”, bien forrada de plata y cacao.  Inversamente, la tierra de las Indias tiraba hacia si la sangre blanca de las cumbres, mediante el atractivo de las estirpes negra e india.  Los blancos, concientes de esta tendencia inevitable, que los avasallaba por los amoríos y los casorios, por las uniones ya en la iglesia y tras la iglesia, se aferraban todavía más al cielo español, cuya luz blanca les protegía contra la sangre de color, savia de la tierra…

 

(En las notas al Capítulo II, p. 661, Madariaga dispara la flecha del parto)

    … La discreción con que los biógrafos de Bolívar tratan este asunto hasta la más moderna escuela de autores más francos, como por ejemplo G. F., es otro indicio de que Josefa no era blanca. Además: 1.  Marín no se casó con ella, aunque dice que pudo haberlo hecho.  2.  La familia no cesó de preocuparse de que “la Marín”, que toma perfiles de pesadillas en la correspondencia para sacar un título de Castilla a Juan Vicente…  Ahora bien, la, dificultas no podía ser tan solo que Josefa era hija natural, porque esas cosas en heráldica no asustaban a nadie y se arreglaban con la barra siniestra; el obstáculo era que en la Indias los hijos naturales implicaban casi seguramente mezcla de sangre… El que se registrara a la niña Josefa en el libro de “Bautismos de Blancos”, no puede aceptarse como un argumento de peso, ya que el rico tenía muchos medios para hacer bautizar como blanco a cualquier niño pardo, y aún para trasladar al libro de los blancos al niño ya inscrito en el de color.  Hay casos numerosos.

 

 

Bolivar de Páez

 

 

 

 

 

 



El General en 1829.

Nota) Ha sido imposible encontrar la fuente
donde don Santiago tomó esta trascripción
de Páez. Aquí se reproduce a título de
curiosidad.

El Bolívar de Páez

    "Bajo de cuerpo; un metro con sesenta y siete centímetros. Hombros angostos, piernas y brazos delgados. Rostro feo, largo y moreno. Cejas espesas y ojos negros, románticos en la meditación y vivaces en la acción. Pelo negro también, cortado casi al rape, con crespos menudos. Las patillas y los bigotes se los cortó en 1.825. El labio inferior protuberante y desdeñoso. Larga la nariz que cuelga de una frente alta y angosta, casi sin formar ángulo. El General es todo menudo y nervioso. Tiene la voz delgada pero vibrante. Y se mueve de un lado a otro, con la cabeza siempre alzada y alertas las grandes orejas.
El General es decididamente feo y detesta los españoles"...

(Descripción atribuida a Páez, por Santiago Martínez Delgado)

 

 

JOSÉ RAFAEL SAÑUDO,
 
Estudios sobre la vida de Bolívar”
 
3ª EDICIÓN –Cervantes- Pasto, 1949, p. I.

    Nació Simón Bolívar el 24 de julio de 1783, en Caracas, de una familia descendiente de vizcaínos, como lo demuestra su apellido que en eúscaro significa molino.  Dícese que era noble su linaje; pero no falta quien diga que en el siglo XVII penetró en él sangre africana, porque un don Francisco Marín de Narváez, ascendiente de Bolívar, por ser su tercer abuelo paterno tuvo relaciones ilícitas con una negra de su servicio, llamada Josefa, de donde nació María Josefa Marín de Narváez, a quien en su testamento otorgado en Madrid el 18 de agosto de 1673, reconoció como hija y dejó heredada con una porción de sus bienes.  Añádese que esta María Josefa casó con Pedro de Ponte, y su hija Petronila de Ponte con Juan Bolívar, abuelo de Bolívar cuyos padres fueron Juan Vicente hijo de los anteriores, y María Concepción Palacios.  Esto expongo sin darme a partido alguno, porque no tengo medios de apurar la verdad de estos decires.

 

    Varios historiadores han querido ver en la hija ilegítima de don Francisco Marín de Narváez ---Josefa--- el origen mestizo de Bolívar.  Es posible que estén en lo cierto, pero nosotros creemos que no se debe hacer historia con simples presunciones; y aunque el caso no modifica en su base la estructura  somática del libertador, es conveniente estudiarlo pues debe ser definido y puesto en claro.  Este asunto presenta un aspecto sumamente discutible en el que nada, absolutamente nada existe para afirmar que doña Josefa Marín de Narváez fuera mestiza.  Don Salvador de Madariaga se hace eco de la especie basándose principalmente en conceptos arto abstractos, y citamos a Madariaga por ser el que ha estudiado más a fondo la cuestión.  Las cartas de los Palacios, a las que tanta importancia se atribuye, se refieren concretamente a una preocupación sucesoral, ya que Juan Vicente Bolívar Palacios, para quien se solicitaba la gracia, no era descendiente directo sino sobrino de don Martín Bolívar y Ponte, hermano mayor del padre del Libertador e hijo de don Juan Vicente Villegas, quien había iniciado las gestiones del título, anticipando veinte mil ducados y sesenta fanegas de cacao.  Martín, tío de Juan Vicente Bolívar Palacios, murió sin descendencia.  En dichas cartas, junto con el problema de la "legitimidad" surge una frase ---"El nudo de la Marín"--- que varios historiadores interpretan como alusión de carácter racial y que nosotros, como veremos luego, pensamos más bien de orden sucesoral.  En ningún lugar de la correspondencia se trasluce que las dificultades tropezadas por los Palacios fueran originadas por la piel tostada de doña Josefa que, como era sabido, era bastarda.  Quien las lea desapasionadamente, y en especial las de don Esteban, verá que en ningún instante se puede interpretar o vislumbrar alguna alusión al mestizaje...

 

    Madariaga, como López Meza, encuentran características fisonómicas que acusan la sangre africana que Bolívar llevaba en las venas.  "El pardo se revela no solo en ciertos rasgos físicos: el pelo crespo, el labio saliente, los ojos azabache, la forma del cráneo". (En el mismo orden que López Méndez enumera las facciones, lo que nos induce pensar que Madariaga lo consultó directamente).  Ahora bien, en ninguno de los retratos conocidos hasta hoy, ni desde el primero hecho en Madrid en 1800, hasta los últimos de Meucci, tiene su rostro facciones característicamente africanas.  En los cuatro rasgos que enumera, solo los crespo del cabello es cierto.  El labio inferior saliente se debía a la forma ligeramente prognata (ver Roulin y Meucci), y no en el sentido de los labios gruesos que se desprende de la malévola e intencional asociación que hace López Meza ---Madariaga de pelo crespo y ojos azabache--- metáfora esta última por demás equivocada---.  En cuanto a los ojos, por Hiriam Paulding conocemos su color: eran pardos (ver Castro y el Anónimo).  Comúnmente se consideran los ojos castaños como negros, pero es muy diferente clasificarlos como azabache.  En cuanto a la forma del cráneo, ya hemos hablado al respecto.  Lo sucedido al gran escritor español es fácil de comprender.  Si hubiera leído "todo" el artículo "original" de Don Manuel segundo Sánchez, solo en parte producido en el Boletín de la Academia Nacional de la Historia, Caracas, Nº 106, que fue el que Madariaga consultó, y que había sido antes publicado en "El Universal" de Caracas el 5 de julio de 1918, hubiese encontrado la parte más interesante del asunto.  Reproducimos en seguida lo omitido en el Boletín 106, y por consiguiente ignorado por Madariaga:

"Es de advertir que el hijo mayor del Licenciado Pedro de Ponte Andrade Jaspe y Montenegro, bisabuelo del Libertador, como queda dicho, se llamó también Pedro Domingo de Ponte Jaspe Andrade y Montenegro.  Nació en 1683, murió en 1741 y fue sepultado en la capilla de la Santísima Trinidad de la Catedral de Caracas.  Para 1722 era Procurador General.  Ese don Pedro Domingo, simple tío abolengo de Bolívar, si casó con una "negra de calidad" llamada Lorenza María.  ...Sin  duda alguna la homonimia de los dos personajes ha hecho que la tradición al confundirlos, atribuya al bisabuelo del Libertador el acto realizado por un hijo de aquel".

    En realidad Bolívar tenía un color de piel frecuentemente hallado entre los meridionales. Blanco, ligeramente dorado y quemado por la intemperie tropical. Todas sus facciones eran latinas y ya hoy en día es nulo el valor científico de querer señalar rasgos faciales característicos de una u otra raza. Era innegablemente un producto americano...

Hasta acá la reproducción tomada de la Iconografía de Uribe White, más el compilador ha querido agregar esta versión por considerarla importante al tema que nos ocupa.  Ella es tan solo una parte del Capítulo II, "PRIMERAS EMOCIONES" del abajo citado libro.  J.W. de W.

AUGUSTO MIJARES,
 
El Libertador
 
Ediciones de la Presidencia de la Repúblicas- Caracas, 1987.
Viene...
   
Pero en la familia Bolívar debemos narrar también un episodio de muy diferente índole, que aunque apénas merecería unas líneas, como dato pintoresco, estamos obligados a exponer con cierta amplitud, porque algunos escritores se han empeñado en darle importancia histórica, afianzando en él las más peregrinas suposiciones.  Objetivamente es así: cien años antes del nacimiento del Libertador figura en su línea paterna una señora de madre desconocida, doña Josefa Marín de Narváez.  Era hija de don Francisco Marín de Narváez, acaudalado prohombre de la sociedad colonial, y según el testamento de éste la había tenido "en una doncella principal cuyo nombre callo por decencia".  Pero un enemigo político del Libertador, el virulento Rafael Diego Mérida ---que Bolívar llamaba Malo, con mayúscula, y que luego retrataremos mejor--- publicó en un libelo que doña Josefa "era hija de Narváez y de su manceba la indígena de Aroa".  De esta publicación tomó el dato Riva Agüero, el hombre que después de haber sido presidente del Perú no tuvo vergüenza de entrar en trato con los realistas, y en sus "Memorias y Documentos para la Historia de la Independencia en el Perú"  trató de cohonestar su conducta amontonando calumnias contra Sucre, Bolívar y San Martín, dio a su vez un nuevo giro a la leyenda de doña Josefa y afirmó que esta no era hija de una indígena, sino de una negra de Caracas.  Y finalmente, Salvador Madariaga, en su reciente biografía de Bolívar, no solo acepta y acumula aquellas interesadas deformaciones, sino qué, al parecer con la mayor seriedad, quiere deducir de ellas conclusiones trascedentales:

"Aunque Bolívar era blanco ---dice--- tenía pequeños afluentes de sangre negra y de sangre india; así se explica que fuera representativo de un estado de ánimo continental en un momento dado de la historia, si no fuera así dejaría de ser coherente.  En este caso sus ideas serían vesánicas, delirios de un demagogo irresponsable o de un loco de atar".

    O sea, que si el ímpetu de Bolívar como Libertador no se pudiera explicar como resentimiento de un zambo, resultaría para Madariaga incomprensible.

 

    Verdad es que esta manera de juzgar es perfectamente coherente con otras del mismo escritor.  En su "Cuadro Histórico de las Indias" trata de explicar de la siguiente manera la emancipación de Hispanoamérica:

"...por curiosa coincidencia de la historia la labor progresista de unos cuantos déspotas españoles llevó a los jesuitas a cooperar en extraño contubernio con las dos cofradías internacionales, la de los masones y la de los judíos, en la destrucción del imperio español".

    De modo que aquel grandioso acontecimiento, mediante el cual nacieron veinte Repúblicas que se dieran instituciones nuevas y han perpetuado la cultura española, Madariaga sólo ve un contubernio y una destrucción.  No podemos menos que recordar, por contraste, como juzgaba el viejo Pit la rebelión de las colonias norteamericanas, a pesar de por ser él mismo contemporáneo de aquel conflicto, un falso sentimiento patriótico hubiese podido cegarlo:

"Los americanos ---decía--- son hijos legítimos de Inglaterra y no bastardos; yo me regocijo de que América oponga resistencia.  Tres millones de hombres, cuyo sentimiento de libertad estuviese decaído, que voluntariamente consintiesen ser esclavos, serían instrumentos apropiados para esclavizar a todo el resto"

    Si acaso hubo efectivamente en doña Josefa Marín de Narváez algo de sangre india, estaría bien disimulada cuando el padre se atrevió a asegurar en su testamento que la había engendrado en doncella principal; y es una verdadera extravagancia suponer que, cien años después, aquella "impureza" perdurara con fuerza suficiente para determinar la conducta del Libertador.  No una sola vez, sin embargo, esgrime Madariaga aquel fantástico argumento racial.  Comentando algunas declaraciones de Bolívar contra el despotismo español en América, concluye: "Si Simón Bolívar no hubiera tenido sangre india en las venas, esa frase suya hubiera bastado para justificar su encierro en un manicomio".  Es difícil que otro español, al recordar como fueron en España los abyectos y largos reinados de Carlos IV, y Fernando VII, juzgara exagerado cualquier desahogo que, allá o aquí, se hubiese escrito durante aquella época.  Por otra parte, la literatura declamatoria que usaron los libertadores, en todas las revoluciones es igual, y sólo en un escritor tan rencoroso como Madariaga es capaz de tomarla como un elemento de juicio.  Aún en épocas más sosegadas, ¿no son los españoles los mismos que han fustigado con más violencia su propio país?  ¿no es el propio Madariaga quien nos ha dicho que la envidia es el distintivo del carácter español?.  Y un escritor tan glorificado como Ortega y Gasset, ¿no ha llegado a establecer esta síntesis tremenda: que "la historia de la España entera, y salvo fugaces jornadas, ha sido la historia de la decadencia"?  Estas exageraciones no nacen, a menudo, del rencor, sino del afecto, por un despecho análogo al que hace blasfemar al amante ante cualquier falta de la persona amada; no indican cinismo, sino una exacerbada protesta del sentido moral contra ciertas situaciones que nos llevan a generalizar sin reflexión.  También los hispanoamericanos incurrimos con frecuencia en diatribas contra nosotros mismos, y las de Bolívar contra España no tienen otro sentido.  Mucho más dañino es el tipo de desahogo pasional cuando se le da aspecto de doctrina científica, como hacen los escritores españoles citados; sin embargo, Madariaga quiere cobrarle al Libertador lo que considera su antiespañolismo, fabricándole una genealogía y un carácter especiales a base de conocidos libelos.  De todos modos, no deja de ser desagradable que hoy nos veamos obligados a levantar un expediente de limpieza de sangre a un genio que consagró toda su vida a la libertad, sólo porque un escritor aprovecha la popularidad de que goza para introducir en la historia aquellos chismes pueblerinos.  Que no otro carácter tuvieron en la propia época colonial, a pesar de ser ésta tan alarmista en tales investigaciones.  Hasta los Palacios, tíos de Bolívar, aludían aquel incidente llamándolo con desenfadado donaire "el nudo de la Marín".  Y no rebajó en nada la consideración de primer rango que gozaba la familia, lo prueba el hecho de que ésta siguió entroncando con las mejores en la provincia, incluso con las que llevaban título nobiliario.

 

Sigue....

EL NUDO DE MARÍN

Es el nombre bajo el cual, primero la tradición y luego la historia, han recogido una serie de hechos y circunstancias, así como diversas tergiversaciones de los mismos, con intención política adversa a Simón Bolívar y a su obra, relativos todos a una supuesta presencia de sangre negra o india (amerindia-indígena) en su genealogía.

Para valorar debidamente la significación histórica de esta imputación, tanto en lo que contiene de cierto como en lo que agregaron y manipularon los detractores contemporáneos de Bolívar, resulta indispensable el situarse en el contexto social de la época, dentro del cual se consideraba que tener entre sus ascendientes directos alguna persona de raza negra o india constituía un baldón que descalificaba socialmente al sujeto en tal condición, y por supuesto le impedía el acceso a cualquier privilegio de nobleza, y muchas veces al mando y a la posición social.

Los hechos que históricamente se pueden calificar como ciertos en función de la documentación comprobada disponible hasta ahora, son los siguientes: las circunstancias del nacimiento de María Josefa Marín de Narváez, bisabuela paterna del Libertador; y el matrimonio en «artículo mortis» de Pedro Domingo de Ponte y Andrade Montenegro y Marín de Narváez (cuñado de Juan de Bolívar y Martínez Villegas, abuelo paterno del Libertador) con su concubina, la «negra de calidad» Lorenza María.

Los orígenes de las tergiversaciones hechas por 2 contemporáneos de Bolívar, enemigos suyos: el escribano venezolano Rafael Diego Mérida y el político y militar peruano José de la Riva Agüero. Posteriormente, otros detractores usaron en diversas oportunidades las imputaciones citadas, mezclándolas y confundiéndolas entre sí y con los hechos reales, hasta forjar una especie de leyenda cargada de intencionalidad política, carente de base históricamente aceptable.

A continuación se exponen sucintamente los pormenores de los componentes del llamado «Nudo de la Marín», para finalmente agregar algunos comentarios sobre las circunstancias del nacimiento de María Josefa Marín de Narváez, provenientes del ámbito familiar de los Bolívar, los cuales, necesariamente deben ser considerados separadamente de las imputaciones y tergiversaciones, ya que éstos sin estar animados por la detracción y el odio político, terminaron por formar parte del conjunto. María Josefa Marín de Narváez, nació en 1668, fue bautizada en la catedral de Caracas el 26 de abril de 1669, según consta en el Libro V de Bautismos de Blancos; era hija natural reconocida del capitán Francisco Marín de Narváez.

Las circunstancias de su nacimiento, unidas al empeño que el padre tuvo en mantener oculto el nombre de su madre, fueron la base de las posteriores suposiciones tendenciosas. Además del asiento de su bautismo en el libro correspondiente a los blancos, efectuado por las autoridades eclesiásticas y avalado por los testigos, es necesario tomar en cuenta otro documento comprobado y digno del mayor crédito: el testamento del capitán Marín de Narváez, del cual puede extraerse textualmente lo siguiente:

«Tengo una hija natural y por tal la reconozco, nombrada Josefa, a la cual hube en una doncella principal, cuyo nombre callo por decencia, con la cual hubiera podido contraer matrimonio sin dispensación cuando la hube».

Sobre esto hay que señalar que la referida falta de necesidad de «dispensación», significaba explícitamente que la mujer aludida era necesariamente de raza blanca; y que el término «doncella principal», en los siglos XVI y XVII, tiene la acepción de «la joven de distinción que servía a las grandes señoras».

Rafael Diego Mérida, fue colaborador de Bolívar durante la Guerra a Muerte (1813-1814); pero habiendo sido rechazado por él en Los Cayos (1816) se convirtió en su enemigo y publicó en Curazao un libelo contra él. Posteriormente, José de la Riva Agüero, en su obra Memorias y documentos para la historia de la independencia del Perú, recoge todas las calumnias e insidias publicadas por Mérida. Este escribió:

«...que Josefa Marín era hija de Narváez y de su manceba indígena de Aroa...»

Pero la desinformación difundida sobre este aspecto llegó a producir tal confusión que, en muchas oportunidades se llegó a mezclar el llamado «Nudo de la Marín» con la historia real de la negra «Lorenza María», quien fue esposa legítima por matrimonio en «artículo mortis» de Pedro Domingo Andrade Montenegro y Marín de Narváez, tío abuelo de Bolívar (cuñado de Juan de Bolívar y Martínez Villegas), que como resulta evidente nada tiene que ver con la sangre de Simón Bolívar, ya que era un pariente colateral y por nexo político.

Sobre este particular existe documentación fidedigna en el expediente judicial que en su oportunidad levantó el hijo de Lorenza María, Francisco Ignacio de Ponte, para establecer su legitimidad. En cuanto a los comentarios provenientes del ámbito familiar de los Bolívar, existe lo siguiente: en oportunidad en que Juan de Bolívar y Martínez Villegas solicita a la Corona la concesión del título de marqués de San Luis y vizconde de Cocorote (1728), petición ésta que jamás fue negada explícitamente, sin que se emitiera nunca el título correspondiente, atribuyeron sus contemporáneos la desatención de dicha solicitud a las circunstancias del nacimiento de María Josefa Marín de Narváez antes señaladas, comentarios éstos que pasaron de la tradición familiar a la historia bajo el nombre de «El nudo de la Marín», envolviendo por similitud bajo el mismo, todo lo referente al tema de la supuesta presencia de sangre negra o india en los ancestros del Libertador.

En resumen, en el «Nudo de la Marín», como tema historiográfico o genealógico, convergen 2 elementos completamente diferentes, que es necesario separar claramente. Por una parte, entre los ascendientes directos de Simón Bolívar por la rama paterna figura una bisabuela, María Josefa Marín de Narváez, hija natural reconocida de Francisco Marín de Narváez, la cual era indiscutiblemente blanca y de calidad, según los conceptos corrientes en aquella época. Por otra parte, un cuñado del abuelo paterno de Simón Bolívar casó con una «negra de calidad», Lorenza María, en la cual hubo descendencia; pero no eran ascendientes directos del Libertador. Este último no pudo recibir ningún caudal de sangre indígena o africana de María Josefa Marín de Narváez, que era blanca, ni de Lorenza María, que era negra pero no ascendiente suya. Queda así aclarado el verdadero significado del llamado «Nudo de la Marín», aunque el tema del posible mestizaje biológico de Bolívar es hasta cierto punto irrelevante, pues la propia acción política, militar y social llevada a cabo por el Libertador contribuyó al cambio de los conceptos que habían prevalecido en la colonia, en esta materia como en otras.

R.F.C.

BIBLIOGRAFÍA: CASTILLO LARA, LUCAS GUILLERMO. Cuando el sol se hizo niño. Caracas: Concejo Municipal del Distrito Federal, 1983; FUENTES CARVALLO, RAFAEL L. Estudio sobre la genealogía del Libertador. 2ª ed. Caracas: La Primera Entidad de Ahorro y Préstamo, 1975; LECUNA, VICENTE. Catálogo de errores y calumnias en la historia de Bolívar. Caracas: Fundación Vicente Lecuna, 1956-1958. 3 v.; SUÁREZ, RAMÓN DARÍO. Genealogía del Libertador. 2ª ed. Mérida: Gobernación del Estado Mérida, 1983.
HEMEROGRAFÍA: LECUNA, VICENTE. «Orígenes de Bolívar: observaciones sobre la Marín de Narváez». EN: Revista de la Sociedad Bolivariana de Venezuela. Caracas, núm. 50, abril, 1956; SÁNCHEZ, MANUEL SEGUNDO. «Origen de Josefa Marín de Narváez». EN: Boletín de la Academia Nacional de la Historia. Caracas, núm. 126, abril-junio, 1944.

Tomado de Diccionario de la Historia
de Venezuela de la Fundación Polar

 
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© Copyright Johannes W. de Wekker  abril, 2003