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El señor coronel venezolano
Marco Carrillo Jiménez disertaba del modo siguiente:
“El 17 de diciembre de
1830, en la quinta San Pedro Alejandrino, cerca de Santa Marta, Colombia,
dejó de existir el Genio de la Libertad, el más grande hombre de América.
A la una en punto en la tarde murió el sol de la Gran Colombia, Simón
Bolívar”.
Había recibido de manos del
cura de la aldea de Mamatoco los santos sacramentos. Después de haber dado
libertad a tantos millones de suramericanos, Bolívar se halla en su último
instante muy solo. Apenas le rodean Mariano Montilla, Fernando Bolívar, José
Laurencio Silva, Portocarrero, el edecán Wilson, Ibarra, Cruz Paredes, José
María Carreño.
Enfermo le curaba el médico
francés Alejandro Próspero Reverend. Ya en la ciudad costeña de Santa Marta,
el Libertador no encontró techo de recepción, solamente en la casa de un
español: Joaquín de Mier. Ya próximo a la muerte se refugió en la quinta de
San Pedro Alejandrino.
Aquí pronunció aquella
invocación a la ironía:
“Jesucristo, Don
Quijote y yo hemos sido los más insignes majaderos del mundo”.
Un recuerdo de su obra militar,
política, de estadista, de visionario, no encuentra similar en la historia
de América:
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Participó en 427 combates,
entre grandes y pequeños;
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dirigió 37 campañas y
recorrió a caballo, a mula o a pie cerca de 90.000 kilómetros, algo así
como dos veces y media la vuelta al mundo.
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Escribió cerca de 10.000
cartas, según cálculo de su mejor estudioso, Vicente Lecuna, primer
gobernador de la provincia del Guayas, de ellas se conocen 2.329
publicadas en los trece tomos de las Memorias del general Francisco
O’Leary;
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escribió 189 proclamas, 21
mensajes, 14 manifiestos, 18 discursos y una breve biografía, la del
general Sucre, gran mariscal de Ayacucho.
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Personalmente o bajo su
inspiración, se redactaron cuatro constituciones, a saber: la Ley
Fundamental del 17 de diciembre, creadora de Colombia (Angostura), la
Constitución de Cúcuta (1821), el proyecto de Constitución para Bolivia
(1825) y el Decreto orgánico de la dictadura (1828).
Muy emotiva es la proclama de
despedida:
“Colombianos: Habéis
presenciado mis esfuerzos para plantar la libertad donde reinaba antes la
tiranía. He trabajado con desinterés, abandonando mi fortuna y aun mi
tranquilidad. Me separé del mando cuando me persuadí que desconfiabais de
mi desprendimiento. Mis enemigos abusaron de vuestra incredulidad y
hollaron lo que me es más sagrado, la reputación de mi amor a la libertad.
He sido víctima de mis perseguidores. Yo los perdono.
Al desaparecer de en
medio de vosotros, mi cariño me dice que debo hacer la manifestación de
mis últimos deseos. No aspiro a otra gloria que a la consolidación de
Colombia: todos deben trabajar por el bien inestimable de la unión. Los
pueblos obedeciendo al actual gobierno para libertarse de la anarquía;
los ministros del Santuario dirigiendo sus oraciones al cielo; y los
militares empleando sus espadas en defensa de las garantías sociales.
Colombianos: mis últimos votos son por la felicidad de la patria. Si mi
muerte contribuye a que cesen los partidos y se consolide la unión, yo
bajaré tranquilo al sepulcro”.
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