Bolívar, rumbo a la eternidad
(Segunda Parte)

Por: Jorge Mier Hoffman

BOLÍVAR, VISTO POR UN CORRESPONSAL EN SU VIAJE A LA ETERNIDAD.

CARMELO FERNANDEZ

UN CORRESPONSAL DE GUERRA

EN SANTA MARTA

En 1983, a los 96 años de su muerte y dentro de las conmemoraciones de los 200 años del nacimiento de Simón Bolívar, fueron trasladados al Panteón Nacional, donde reposan cercanos a los del Libertador: los restos mortales del pintor, militar y corresponsal de guerra Carmelo Fernández.

 

Carmelo Fernández nace en Guama, Estado Yaracuy, el 30 de junio de 1810. Este corresponsal que nos ayudó a develar los hechos que se sucedieron durante los siguientes doce años después de la muerte de Bolívar, curiosamente era sobrino del General José Antonio Páez, precisamente el causante de toda la desgracia de Bolívar: Fue Páez el hombre que traicionó el juramento de lealtad al Libertador, y el que por doce años le negó su última voluntad, a oponerse a que sus restos mortales fueran trasladados desde Santa Marta a Caracas… Fue Páez el artífice de la disolución de la Gran Colombia como el líder de La Cosiata, agrupación de políticos y oligarcas antibolivarianos, que conspiraba abiertamente por destruir la obra de Bolívar… Fue Páez el que con su discurso antibolivariano, instigó a otros enemigos a asesinar al Gran Mariscal Antonio José de Sucre en Berruecos… Fue Páez el que desterró a Bolívar de su propia patria… Fue Páez el que protegió a los antibolivarianos: Santander, Obando, Carujo, Sañudo, Botero Saldarriaga, como los viles asesinos que trataron de acabar con la vida de Bolívar… Fue Páez el causante de toda la desgracia que llevó al Libertador a iniciar un viaje hacia la eternidad, y el que inconcebiblemente y a pesar de su enemistad con Bolívar, también ocupa en el Panteón Nacional un espacio al lado de la urna del Libertador.

 

Carmelo Fernández estudió sus primeros años en Caracas, luego viajó a Estados Unidos y Europa, donde perfeccionó su arte. Entre sus obras de gran esfuerzo están el "Atlas" y "Plano de Venezuela" de Agustín Codazzi, e Ilustración de la "Historia de Venezuela" de Baralt y Díaz… Conocedor de la personalidad de Simón Bolívar, a quien trató en Bogotá, logra popularizar su retrato, a tal punto que es el mismo rostro que está troquelado en las monedas de Venezuela.

 

Carmelo fue designado como corresponsal de la Comisión venezolana encargada de trasladar los restos mortales del Libertador

Finalmente, y gracias a la persistencia y los esfuerzos de las hermanas de Bolívar y los partidarios que protestaban ante las puertas del Congreso, y luego de doce años, el 29 de abril de 1842 el Congreso de la República de Venezuela aprobó el Decreto para el traslado de los restos del Libertador a Caracas. Designada la Comisión, Carmelo Fernández, como corresponsal, tenía la misión de documentar el hecho histórico, dibujar las escenas dramáticas, y describir los sucesos, los cuales se reproducen en este escrito

LA Guaira, 13 de noviembre de 1842

 

Ya la nave desplegó sus velas, y remecida sobre el ancla se apresta a partir… El marinero se alegra con la orden de salir del puerto, porque sus ojos acostumbrados al infinito horizonte de la mar, se fastidian pronto con la vista de la tierra: la mar  es su querida, y la Luna de sus ensueños es la Luna que nace y muere con el mar.

 

La Constitución, nuestra nave capitana, al mando del Capitán  de fragata Juan B. Baptista, con sus velas blanquísimas, alumbradas por la Luna, iba adelante, ligera como una garza. Luego seguía nuestra embarcación, la hermosa corbeta Circe, al mando del cariñoso Sr. Jules Ricard, rompiendo las olas, majestuosa como un cisne; y a su popa, navegaba el velero bergantín El Caracas a las órdenes de Mr. Wheeler.

Dice Carmelo que todavía se distinguían allá a lo lejos, bien lejos, casi perdidos, los picos más elevados de los montes del Ávila, La Silla, como un centinela sobre las costas de Venezuela, que los miraba partir

Íbamos en busca de Bolívar. Íbamos a la tumba del Grande a expiar el ingrato olvido de doce largos años. Íbamos a nombre de un pueblo a cumplir un último deseo pronunciado por el amor a la patria.

 

Dos días después, el 15 por la tarde se descubría tierra. Estaríamos a más de cien millas de distancia. Pero la noche se acercaba, y era esta la segunda vez que el comandante navegaba por los costaneros al continente sudamericano.

 

En la cubierta de la Constitución se encontraban los Comisionados por Venezuela para recibir de la Nueva Granada los restos mortales del Libertador: son los apreciables señores doctor José María Vargas, general José María Carreño y Mariano Uztáriz.

Santa Marta es una histórica ciudad del norte de Colombia, capital del departamento de Magdalena, ubicada a orillas de una profunda bahía del mar Caribe en la desembocadura del río Magdalena

Luego de tres días de navegación y sin mayor contratiempo, ya estábamos en la bahía de Santa Marta, mansa como una laguna formada en semicírculos… El Morro, gran peñón que se eleva en su centro y a distancia corta de la tierra, es el primero que llama la atención del que llega.

 

Muy cerca descubrimos a La Constitución y El Caracas tranquilamente posados a la derecha del Morro y cerca de tierra. A su costado se balanceaban el bergantín inglés de guerra Albatros al mando del capitán Yorke, y La Venus, bergantín de guerra holandés de hermosa perspectiva. Ambos habían venido por órdenes de sus gobiernos a solemnizar con su presencia el tributo de gratitud que pagaba Venezuela a la memoria de su Libertador.

 

Un duro golpe nos anunció que la Circe estaba fondeada. Cayó pesadamente el ancla, buscando la arena en que aferrar su diente, y la corbeta guardando su última vela, se deslizó hacia atrás, como un  caballo detenido en la mitad de su carrera. Habíamos llegado a Santa Marta, lugar que cobijó por doce años los restos mortales del Libertador.

 

Inmediatamente se presentó a bordo un elegante militar, Capitán de Puerto, con el Secretario de la Gobernación, encargados ambos de dar la bienvenida a los Comisionados de Venezuela. Ofrecieron gentilmente sus casas para que sirviesen de habitación mientras permanecían en Santa Marta.

Santa Marta desplegaba a mis ojos su larga fila de casas blancas simétricas, iguales casi; vista poco agradable por su ninguna variedad; pero hechicera para el que no había visto en tres días sino agua y cielo por todas partes… Los edificios  que elevan la frente más alta que la línea de techos que forma la generalidad, son la iglesia Catedral, el Templo de San Francisco y el edificio de aduanas.

El resto es un panorama monótono y poco atractivo, a no ser por la hospitalidad de los samarios, que dejaban ver esa hermandad y esa sonrisa que con seguridad cautivó al Libertador

Era domingo el día de nuestra entrada a la bahía, y los marineros aprovechaban el permiso que les concede la ordenanza de tales días, jugando la insulsa lotería. Un centavo era el precio fijado para cada cartón, y es el máximo permitido a bordo.

 

La ciudad de Santa Marta no tiene lo que se llama un lindo aspecto. Calles rectas y angostas encuadradas por casas pintadas, la mayor parte de blanco, sin una plaza bonita, sin un templo elegante y sin una fuente pública.

 

En las noches las calles están desiertas, porque a esa hora la brisa es insoportable… La brisa fuerte comienza de las cuatro a las cinco de la tarde en adelante, sin que falte nunca. Eso le agrega un aspecto desolador a la ciudad, sobre todo a la caída de la tarde, cuando los faroles alumbran las calles cubiertas de arena, y una nube de polvo enturbia el ambiente sombrío que trae la noche, cuando las tertulias se forman en los corredores de las casas, para librarse del calor que es insoportable cuando no sopla la brisa.

Mi viaje a Santa Marta había sido exclusivamente por Simón Bolívar. Así mi primer cuidado fue visitar los lugares en que el estuvo y conocer las personas que estuvieron a su lado en los últimos días de su vida

Antes que todo quise conocer cuanto dijo el Libertador en sus momentos del adiós, para visitar luego con más interés los sitios donde estuvo. Por eso fui a la casa del Sr. Joaquín Mier y Benítez, de nacionalidad española, domiciliado en Santa Marta, y el mejor amigo de Bolívar, porque lo fue en la desgracia.

La amistad de Joaquín Mier adquiere singular importancia, porque no fue en el ápice del poder cuando la hipocresía y el interés están presentes en los aduladores, sino que fue en la miseria, cuando otros que decían ser fiel a su amistad lo traicionaron, o simplemente no se interesaron por sus necesidades en su

Me hice anunciar… continúa Carmelo Fernández. Tendiéndome la mano el franco español, lleno de bondad, se la apreté con toda la efusión de mi corazón. Miré su rostro con aquella admiración respetuosa con que se contempla un hombre que vale, porque el Sr. Mier vale mucho para mí. Con su alma generosa y rebosado en desprendimiento, ofreció su casa, su dinero, su persona, su noble amistad al Libertador proscrito, al Padre maldecido, al Fundador de la Libertad Sudamericana herido en el alma por la ingratitud.

Bolívar supo de Joaquín Mier, porque éste noble español le ofreció su casa para tenerlo como huésped en la convalecencia de su malestar; gesto bondadoso que Bolívar supo apreciar:
 

“Espero que dentro de ocho días estaré un poco mejor para poder seguir a Santa Marta a tomar aires mejores y buenos baños; si allí no recibo mejoría, quién sabe lo que hago, pues no tengo un médico que me aconseje, ni una persona digna de ser oída en materia de salud…

 

¡..Quién sabe si yo me estoy matando por no hacer nada y siguiendo un régimen errado..!

 

Aunque he deseado irme a Santa Marta, por gozar de todas sus conveniencias y de las bondades del señor Mier, me es imposible ejecutarlo porque mis males van empeorando y realmente no creo que pueda hacer el viaje”…

Simón Bolívar

Cuántas cosas hubiera yo preguntado al Sr. Mier, continúa Carmelo Fernández, pero mi posición no me lo permitía. Demasiado joven, no era dado cuestionar a un respetable anciano, para mí rodeado de una atmósfera de veneración que no podía traspasar. Hablaba con los Comisionados de Venezuela, a quienes dio franca y noble hospitalidad, sobre asuntos relativos a la ceremonia fúnebre que debía tener lugar dentro de pocos días.
 

De la casa del Sr. Mier fui a la del doctor Próspero Reverend, actual cónsul de Francia. Es un amable señor de agradable apariencia y manera muy insinuante. El doctor Reverend fue el médico de cabecera del Libertador en su postrera y única enfermedad, y por eso me pareció un recuerdo andante.

 

Mucho habló del Libertador y su carácter durante los últimos días. Me mostró una secreción hallada en uno de los pulmones cuando se hizo el examen del cadáver. Es de figura casi oblonga, porosa, y un poco parecida a esos huesecitos que se hallan en el espinazo de los peces.

 

Él conserva esta memoria con sumo aprecio y por ningún respecto se desprendería de ella

 

La mantiene envuelta en el mismo papel en que la puso cuando la autopsia. Sobre el papel se leen dos palabras: “De Bolívar”... Algo dijo de enviarla a Francia en caso de que muriese lejos de su familia… decía: “Así, todos los deseos de poseer una memoria puramente nacional, deben morir ante esa voluntad decidida. La Francia poseerá una reliquia de Bolívar, y la América, si quiere conocerla, tendrá que ir al Museo de Louvre en París”

El Sr. Manuel Ujueta, bolivariano exaltado, fue el que financió la construcción de una bóveda para colocar las cenizas del Libertador, cuando en 1834 un terremoto destruyó la que los señores Díaz Granado cedieron para enterrar su cadáver en 1830, cuando no habían recursos económicos y hasta el gobierno negó la caridad que le fue solicitada. 

Fue un hecho reseñado por la prensa de Caracas que atendió el Sr. Ujueta, y el eterno agradecimiento de Juana Bolívar, la hermana del Libertador

Gabriel Pineda, en su libro “Bolívar Frente a la Muerte”, nos dice:

“Pasaban los años, y la turbulencia política desatada al calor de los más profundos enconos personales y ambiciones económicas, no permitían que se cumpliera la voluntad testamentaria del Libertador, para que sus restos fuesen llevados a Caracas, su ciudad natal, ni mucho menos que se cuidara aquella bóveda que debía ser sagrada para todos los colombianos, y que era buscada afanosamente por los enemigos de su revolución, quienes suponían se encontraba en la villa de Soledad, Provincia de Cartagena”

En febrero de 1838, a menos de ocho años de la muerte de Bolívar y a cuatro años de aquel devastador terremoto, el periódico caraqueño “La Bandera Nacional” en su edición Nº 29 del 23 de febrero, publica una denuncia sobre el estado lamentable en que se encontraban los restos del Libertador sepultado en Santa Marta… Decía la nota de prensa: 

“En los meses finales de 1837, se había removido la bóveda donde estaba sepultado el Libertador, y algunos miserables enemigos mandaron a rellenarla de tierra, y pisarla, de forma como lo ejecutaron. Por cuanto los restos estaban en una caja de madera y una caja de plomo, la tierra ni el pisón pudieron romper la caja de plomo y sólo la magullaron; no así la de madera que ya estaba podrida”

La noticia causó conmoción en Caracas, donde se encontraba Juana, hermana del Libertador, quien dirigió de inmediato una carta a don Manuel Ujueta, que según la misma nota de prensa decía: 

“Al enterarse de lo sucedido, el señor Ujueta limpió la bóveda sin alterar el estado en que se encontraban los sagrados restos, contando que, el esqueleto tal cual estaba así quedó, volviendo a colocar en la bóveda ya limpia, y como dijo emotivamente: regada con las lágrimas de aquel buen patriota y de muchos otros que lo acompañaron”

En agradecimiento por ese gesto con su hermano y Padre de la Patria, Juana Nepomucena Bolívar le hizo llegar al Sr. Ujueta una medalla de oro, fundida en alto relieve con la efigie del Libertador, junto con las siguientes letras: 

“Muy apreciado Sr. Ujueta. He sabido por un periódico de esta ciudad que, habiéndose hundido la bóveda donde están depositados los restos de mi difunto hermano Simón Bolívar, usted hizo repararla a su costa, impidiendo que fuese mancillada como se intentaba. Este acto generoso me ha penetrado del más vivo reconocimiento, y obedeciendo al impulso de mis sentimientos, me dirijo a usted para presentarle el testimonio más sincero de mi gratitud”

Juana Bolívar

Continúa Carmelo Fernández: Sobre este episodio que reseñó la prensa de Caracas y que agradeció la hermana de Bolívar, le oí una interesante relación que ojala pudiese repetir aquí integra, y con todo el colorido que le dio el Sr. Ujueta. Trataré de repetir lo que más tengo presente de la conversación:


“Cuando murió el Libertador, me dijo, los samarios creímos que no debían ser inhumados sus restos en un cementerio, como los de un particular cualquiera. Pensamos en un sitio propio, y los señores Granados ofrecieron empeñadamente una bóveda de su propiedad, que verá Usted al pie del Altar de San José en la nave derecha de la iglesia Catedral. Allí se depositaron los restos del vencedor de Boyacá, San Mateo y Carabobo, en una bóveda que la admiración le ofrecía.

 

Allí debía permanecer para siempre, según el aspecto que las cosas tenían entonces, cuando era un delito ser bolivariano, y cuando el retrato del Genio Libertador de América sólo podía tenerse oculto al respaldo de un cuadro

 

En esas circunstancias, me vi forzado a pasar a Jamaica, temeroso de que si permanecía en mi país podía ser asaltado de un instante a otro, solamente por ser amigo de Bolívar y sólo porque mis manos cerraron sus párpados ya helados. En esa bóveda estuvieron hasta que un terremoto la arruinó… Entonces mal intencionados hicieron arrojar tierra sobre el ataúd que por entre las ruinas se veía, entapizando todo el interior con escombros y pedazos de ladrillos. Y aún concibieron el proyecto de posesionarse del cadáver para arrojarlo al mar junto al Morro, para que las profundidades que allí tienen las aguas, hiciese imposible extraerlo en ningún tiempo.

 

Indignado por tal infancia, solicité y obtuve permiso para construir la bóveda que hoy ocupan los restos de ese Grande Hombre… Con algunas dificultades se arregló lo que hicieron esos malvados señores, y luego de recuperadas las cenizas las conduje a mi casa, conservándolas en mi poder por tres días que se emplearon en la construcción de la nueva bóveda.

 

El Capitán Joaquín Anastasio Márquez encargó a los Estados Unidos la losa de mármol que muchos años señaló el lugar de la sepultura, y que hoy podrá ver Usted en la sacristía de la iglesia”

Curioso quedé por saber la razón por la cual la losa que cubrió los restos mortales del Libertador estaban en una sacristía..!

 

Era una losa que honró la tumba del Libertador, pero que ahora despreciaban por una nueva, en momentos en que los Comisionados se disponían a exhumar los restos mortales del Libertador.

 

La esposa del Capitán Joaquín Márquez da cuenta de la lápida que ordenó su esposo

 

Cuando en circunstancias notorias a todo los hombres, sobre todos aquellos que merecieron privilegiados servicios y honores de Su Excelencia El Libertador, guardaron silencio y nada hicieron por resguardar sus cenizas del terremoto ni de quienes intentaron profanar su tumba, ni con respecto a la lápida que debiera cubrir sus cenizas, hoy han despertado de su indiferente letargo, a consecuencia del humilde tributo de una losa de mármol que mi esposo Joaquín Márquez, a sus expensas, y sólo a impulsos de su gratitud, hizo traer de los Estados Unidos, no advierten que al arrebatar esa lápida, realzan el nombre de mi esposo y ponen en claro la indiferencia que mostraron por las cenizas de Bolívar.

 

Continúa la esposa del Capitán Márquez: Mi esposo se encuentra en desgracia, fuera del país y han tratado de despreciar su obsequio, como se acostumbra en tales casos con los abatidos por almas innobles, sin duda porque se avergüenzan de lo mal que le pagaron al Héroe de Colombia, y como si quisieran borrar un testimonio de su ingratitud, han arrancado aquella lápida sustituyéndola con otra que vino acaso destinada para una mesa… Pero que chasco..! en Venezuela, en las demás Repúblicas de América, y si no me equivoco, en el orbe entero, es muy sabido el leal procedimiento de mi marido, y esta verdad la comprueba la carta que desde su residencia se dignó dirigir a mi esposo la señora Juana Bolívar, hermana del Libertador, en la que da gracias por haber sido el único que recordó a su hermano.

 

Lo que con miras conocidas inventaron quitar la lápida, debieron reflexionar que desde que Márquez la dedicó a la memoria de Su Excelencia el General Simón Bolívar, dejó de ser de Márquez y que la quiten o hagan con ella lo que quieran, lo hacen a una prenda que corresponde exclusivamente al sepulcro venerado del Libertador, y como tal, creo la reclamarán los Sres. Comisionados que han venido por sus restos”

 

Lápida que hoy puede ser apreciada en el Museo Bolivariano de Caracas, ya que finalmente le fue entregada a la familia Bolívar

 

Los Comisionados de Venezuela llevaron “La muy especial recomendación de presentar a nombre del Gobierno de Venezuela, las más solemnes gracias a los Sres. Joaquín Mier, Manuel Ujueta y Joaquín Anastasio Márquez, por sus servicios al Libertador en sus últimos días y por el respeto y celo que mostraron a sus preciosos restos”

“San pedro de Alejandrino es un relicario donde la historia tejió un rosario de recuerdos. Esa casa ha pasado a tener una connotación maravillosa, porque fue allí, en esa vigilia de cenizas, fue donde acabó sus días Simón Bolívar”

 

Amanda Picón Aponte

A las seis de la mañana montamos caballo para dirigirnos a San Pedro de Alejandrino. Tomamos al Este de la ciudad por un camino llano cubierto de arena que va cruzando el valle de Santa Marta, entre árboles pequeños y frondosos arbustos a pesar de estar sembrados en piso arenoso.

 

Me contaban que el Libertador fue llevado por este camino en una berlina en la tarde del 6 de diciembre

 

Contaba Reverend, que el Sr. Mier iba junto al Libertador en la Berlina, y cumpliendo un deseo de su esposa, detuvo por instante el coche en su residencia de habitación – La señora quería que Bolívar bajara a conocer la casa – Imposible..! le respondió en francés el Sr. Mier: “No ves su estado. No pueda dar un paso” – Entonces Bolívar, incorporándose penosamente, saludo a la dama y dijo: “Señora, aun me quedan fuerzas para ir a besar a usted su mano” - Así lo hizo y luego subió ella también al coche para acompañar al Libertador hasta San pedro.

 

Aproveche la travesía para conversar con el Dr. Reverend, sobre todo en cuanto al estado de salud del Libertador y las causas de su muerte

 

Era imposible salvarlo..! me dijo. Cuando llegó a Santa Marta el 1° de diciembre de 1830, su mal estaba muy avanzado y su espíritu extremadamente decaído… El Libertador con su carácter de fuego y su alma colosal, se tornó en un niño cuando supo los sucesos en Valencia. No porque le hubiesen desconocido, sino porque le hubiesen calumniado, porque en la necesidad de combatir, serían sus hermanos sus enemigos, serían sus hijos, la mayor parte criaturas suyas, y su alma generosa fue herida vivamente.

 

Recordemos que en Valencia un grupo de oligarcas, políticos y militares corruptos, se confabularon en una conspiración antibolivariana que Bolívar despectivamente llamó “La Cosiata”, a la cual subestimó para referirse a algo efímero, sin importancia, o sea, la “cosita”, que declaró a Bolívar enemigo de la Patria e invocó la disolución de Venezuela de Colombia.

 

“Que no se permita de ningún modo que el General Bolívar vuelva al Venezuela. Si se verificase su aproximación se entenderá como una declaración de guerra”

 

Decía Bolívar: “Me acusan de todos los males y me niegan todas las virtudes… Ponen en duda mi desprendimiento y el amor que siempre he profesado a la Patria. No ahorran en negaciones y bajezas… Sería preferible y menos doloroso los puñales parricidas alzados contra mi pecho”

 

Volantes infames se repartían en las plazas y los mercados; periódicos con artículos ignominiosos se enviaban al exterior; voceros pagados repetían como un loro un texto denigrante en tabernas y plazas; caricaturas vergonzosas aparecían en las iglesias durante la misa; carteles pusilánimes cubrían las paredes de las casas; en fin, toda una campaña publicitaria tendiente a apagar la luz destellante que desbordaba la obra del Libertador.

 

Continúa narrando Reverend: Su enfermedad, es cierto, era grande y muy grave: se presentaba con caracteres de sepulcro: nunca se hubiera salvado; pero al menos hubiera vivido mucho más tiempo. Más aquel pesar que nunca le abandonaba, aquel suplicio horroroso que lo ponía el recuerdo de los venezolanos, su pueblo predilecto y que ahora eran su enemigo… Nunca habló de política, pero su frente llena de sombras, su boca contraída con fuerza, sus involuntarios movimientos de desagrado, su mirada, todo nos decía lo que ya sabíamos: que su padecimiento eran reagravados por su malestar moral, y así lo creí yo desde el primer día que lo vi y así lo apunté en los Boletines que escribí de su enfermedad.

 

Ciertamente, Reverend escribió en su Boletín Médico las causas fundamentales de la muerte de Bolívar: 

“Debe observarse a favor de esta aserción que el Libertador, cuando el mal estaba en su principio, se mostró muy indiferente a su estado, y se denegó a admitir los cuidados de un médico: Su Excelencia mismo lo ha confesado: era cabalmente en el tiempo en que sus enemigos le hartaban de disgustos, y que estaba más expuesto a los ultrajes de aquellos a que sus beneficios habían hecho ingratos. Su Excelencia llego a Santa Marta bajo auspicios mucho más favorables, con la esperanza de un porvenir mucho más provechoso para la patria, en que veía brillantes defensores que le rodeaban. La naturaleza conservadora retornó sus derechos; entonces pidió con ansia los socorros de la medicina. Pero ¡ah! ¡ya no era tiempo! El sepulcro estaba abierto aguardando la ilustre víctima, y hubiera sido necesario haber un milagro para impedirle descender a él”

Pregunté: ¿y que pasó con los papeles que el Libertador mandó a quemar y que estaban en poder del Sr. Pavajeau? ¿Qué se hicieron? – No lo sé – respondió Reverend - Oí decir que no se habían encontrado. Grande interés deben presentar cuando tan cuidadosamente se han perdido.

 

Como se recordará, en su viaje a la eternidad, Bolívar dejó a buen resguardo del su amigo Pavajeau, diez baúles que contenían veinte años de papeles personales

 

 

Hay tres versiones sobre el destino de los papeles personales que Bolívar recopiló por veinte años, y que siempre les acompañaron… Una versión cuenta que el Sr. Juan Bautista Pavageau el 15 de diciembre de 1830 había partido hacia Jamaica en su ruta a los Estados unidos, y que por ello, como albacea de los valiosos papeles del Libertador, no cumplió su voluntad testamentaria la cual desconocía:

 

Cláusula 9° “Ordeno: que los papeles que se hallan en poder del Sr. Pavageau, se quemen

 

En la isla, el Sr. Pavageau los dejó a buen resguardo de su socio Juan de Francisco Martín. En mayo de 1831, el General Francisco O´Leary en su destierro llega a Jamaica, y allí sabe de los papeles de Bolívar, los cuales conviene con el Sr. Marín conservarlos, algunos de los cuales fueron utilizados por O´Leary para escribir sus invalorables Memorias. Otra versión dice que efectivamente fueron quemados; mientras otros aseguran que aún no han salido a la luz pública, ya que a la muerte del Libertador se convirtieron en recuerdos invalorables que adquirieron valor comercial como bonos valores que aún se comercializan en las casas de subasta privadas para prestigiosos coleccionistas.

 

Llegamos a la casa y me dirigí a la habitación donde murió Bolívar… Mudo y sobrecogido en profunda meditación pisé los sitios, testigos de la muerte del Ángel de la Libertad Sudamericana. En un cuartito de siete varas terminó su gloriosa carrera el Genio de Colombia. Henchido el pecho de dolor y queriendo reventar mis ojos en lágrimas, recorría con paso lento aquella última habitación del Grande, en la que repitieron los ecos la voz del moribundo expatriado que encomendaba en su despedida la unión de sus hermanos que le habían retirado su confianza.

 

El Dr. Reverend nos indicó el lugar donde estaba su lecho, donde estuvo su hamaca, donde meditaba bajo un tamarindo y donde se paseó alguna vez

Ni el lecho existe ni la hamacaMesa, un asistente del Libertador, los quemó el día después de su muerte, al momento que decía: “Para que los enemigos del Viejo no encontrasen nada que le hubiese pertenecido”

 

Con el título afectuoso de “Viejo”, era como los soldados llamaban respetuosamente al General Bolívar

 

Un hermoso busto de mármol blanco está colocado en el mismo lugar en que expiró y a su derecha y existe la librería que para uso del Libertador compró especialmente el Sr. Mier, quién sabía de su afición por la lectura.

 

Recorrí el jardín y todos los alrededores de la casa, y me hicieron notar un caprichoso caminito, cercado por frondosos árboles frutales, donde se concentran las aves para arrullar con su canto, y que fue el predilecto del Libertador.

 

Me contó el médico, que Bolívar murió a la una y siete minutos de la tarde del 17 de diciembre. Horas más tarde le practicó la autopsia; luego fue trasladado el cadáver a la ciudad ese mismo día por la noche, donde precariamente pudo improvisar la conservación del cadáver, ya que en la botica del pueblo no habían todos los productos para embalsamarlo; razón por lo cual, apenas se pudo velar el cadáver, y la inhumación se hizo el día 20 a las 5 de la tarde.

 

Reverend escribió que la autopsia la realizó en la misma casa horas después que murió el Libertador: 

“El 17 de Diciembre de 1830 a las 4 de la tarde, en presencia de los señores Generales beneméritos Mariano Montilla y José Laurencio Silba, habiéndose hecho la inspección del cadáver en una de las salas de la habitación de San Pedro, en donde falleció Su Excelencia el General Bolívar, ofreció los caracteres siguientes: Se descubrió una concentración calcárea y regularmente angulosa del tamaño de una pequeña avellana. Abierto el resto de los pulmones con el instrumento, derramó un moco parduzco que por la presión se hizo espumoso. El corazón no ofreció nada particular, aunque bañado en un líquido ligeramente verdoso contenido en el pericardio”

Me llamó poderosamente la atención una referencia del Dr. Reverend:

“En toda su penosa enfermedad no se escapó de sus labios un solo acento que manifestase odio, ni siquiera mala voluntad hacia ninguna de las personas que, por decirlo así, lo impelían precipitadamente al sepulcro. Lo más que dijo con referencia a este particular, y eso en un  momento en que tenía una gran fiebre, fue: Vámonos, vámonos. Esta gente no nos quiere en su tierra. Lleven mi equipaje a bordo”

De regreso a la ciudad, continué mi conversación con el médico Reverend: Usted cree doctor, que encontremos conservado el cadáver de Su Excelencia – Tal vez no - me respondió - porque absolutamente carecíamos de ingredientes para embalsamarlo bien. No los tenía yo ni los había en la población.

 

En la Plaza Mayor, y un poco lejos del centro de la ciudad, se ve la Catedral: sencilla y bonita como una religiosa novicia, de aspecto agradable y risueño, que inspira respeto y cariño por el culto a que está consagrada; y orgullosa con una blanca piedra de mármol que guarda en su nave céntrica, así como la monja enseña un fragmento del Lignum-crucis prendido en su seno: una piedra blanca y sin nombre alguno, como si un nombre fuese inútil cuando un mundo repite con millones de voces ese nombre que ella revelaría tal vez incompleto; así la profesa conserva su cruz sin nombre, porque el del Salvador parece eternamente unido a la santa reliquia.

 

En la nave derecha se ve el altar consagrado al esposo de la Madre de Dios y a sus pies la bóveda de la familia Granados, que guardó los restos de Bolívar.

El templo está embaldosado con cuadros de mármol, alternativamente blanco y negro, y en sus paredes están colocadas las efigies de los canonizados de la iglesia romana.

 

La tumba de bolívar está en la nave del centro, como antes dije, y hacia la parte superior de la nave

 

En mi curiosidad, busqué la famosa piedra del Capitán Márquez que había sido desechada para señalar el lugar de sepulcro del Libertador… Estaba en la sacristía con el lado escrito vuelto hacia la pared y apoyada por el costado más largo, como un objeto sin valor que no había donde colocar.

 

A las cuatro y tres cuartos de la tarde del 20 de noviembre se hallaban reunidos en la iglesia catedral, con el objeto de presenciar el acto de exhumación de los restos venerables del Libertador: 

  •  El General Joaquín Posada Gutiérrez, Gobernador de Santa Marta y Presidente de la Comisión designada por Nueva Granada

  •  El ilustrísimo Sr. Obispo de la Diócesis, Dr. Luis J. Serrano, miembro de la Comisión

  •  El Sr. Joaquín Mier y Benítez, miembro también de la Comisión, quien llevaba al ojal de la casaca un busto del Libertador

  •  El Dr. José María Vargas, Presidente de la comisión nombrada por el Gobierno de Venezuela

  •  El General José María Carreño, comisionado por Venezuela, ilustre soldado de la guerra de Independencia, que hizo toda la campaña con un brazo menos que perdió en la batalla de los Cerrito Blancos en 1813

  •  El Sr. Mariano Uztáriz, hijo ilustre de Francisco J. Uztáriz, mártir de nuestra independencia

  •  Manuel Cipriano Sánchez, gran Capellán de la comisión

  •  Los señores Pablo S. Clemente y Simón Camacho, deudos del Libertador

  •  El Teniente-Coronel José María Contreras

  •  El comandante de La Constitución, Sr. Sebastián Boguier, Comandante del Apostadero de Puerto Cabello y Jefe marítimo de la expedición

  •  Los comandantes de los buques de guerra extranjeros: Mr. Jules Ricard de la Corbeta Circe, Mr. J.A. Johr del Bergantín Venus, Mr. Reynold York del Bergantín Albatros y el Estado Mayor de los tres buques, colocados en orden de grado militar.

Todos estos señores ocupaban el ala derecha de la nave central, colocados en el mismo orden con que los nombré

 

En el ala izquierda se encontraban: 

  •  El Ilustre Concejo Municipal

  •  El Estado Mayor del Batallón número 9 acantonado en la plaza

  •  Los cónsules: inglés, norteamericano y francés

  •  Y gran número de particulares que asistieron al acto de exhumación

  •  La Guardia de Honor estaba al lado derecho, detrás de los comisionados.

El Sol de América lanzaba sus rayos oblicuos sobre el rostro ansioso de los espectadores, brillando esplendente sobre los mármoles del templo

 

Un silencio profundo reinaba en la concurrencia que oía sobrecogida de sentimiento religioso, el cántico que la Religión eleva entre las nubes de incienso, pidiendo al cielo el Paraíso eterno para los que fueron en la tierra.

 

Todas las miradas estaban fijas en la losa de mármol que cubría una bóveda situada en la parte superior de la nave mayor, cerca de las gradas del presbítero, y todos los corazones latían impulsados por un mismo sentimiento.

 

Grandioso cuadro aquel en que la sombra de los Héroes es invocada, en que las generaciones que viven, sellan con el renombre de inmortal la historia de él, que al darle un adió último, les legó un nombre que vivirá eternamente con al memoria de los siglos.

 

El corazón latía precipitado a los golpes del trabajador que desunía la piedra del suelo que la oprimía e involuntariamente seguían los ojos sus movimientos compasados y silenciosos, porque detrás de aquellas piedras veríamos los niños del Redentor de nuestros padres: encontraría el pueblo a su Libertador y el ejército a su “Viejo”, a su Jefe y a su compañero de armas, con el que dividieron más de un  peligro, bajo cuyas órdenes ganaron más de una victoria y ciñeron cien coronas.

 

Nuestros ojos esperaban al caudillo de la independencia. Todos estábamos ansiosos de ver a Bolívar… y en mi mente la pregunta que hice a Reverend: Encontraríamos el cuerpo de Bolívar, luego de tantas vicisitudes ocurridas en doce años: terremotos, enemigos y profanadores..? 

Recordando uno de esos doce años: Fue patética la presencia de Santander en la Catedral, luego que volvió de su destierro para sumir la Presidencia de Colombia. Destierro forzado por ser el autor intelectual del intento de asesinar al Libertador en Bogotá… Se dice, que entró sólo y se paró en el centro de la nave, al momento que pisó con rabia y desprecio el frío mármol para expresar al viento: Con que aquí estás enterrado Bolívar” y luego salió con una sonrisa entre los labios. Había visitado al Catedral para asegurarse que estaba bien muerto..!

Quizás esta patética escena de traición inspiró la canción Bolivariana que en su letra dice:

"… La alta burguesía va a llevarte flores al Panteón cada aniversario de tu muerte… para asegurarse de que estés bien muerto… bien muerto…"

Continúa su descripción Carmelo Fernández: La barra del operario había ya deshecho la trabazón de las losas pequeñas que cubrían los costados y ya la piedra sepulcral se removía. Los golpes continuaron y la piedra quedó separada.

 

Veíamos la caja de madera hecha polvos, y tras ella la urna de plomo que salvó sus cenizas de la mano destructora de los enemigos profanadores

 

La caja externa de madera estaba decaída en su tapa y en algunos puntos casi deshecha; hecha polvo de astillas por la humedad y el tiempo. La de madera forrada con hojas de plomo estaba entera aunque también algo deteriorada por el maltrato accidental de la naturaleza y criminal por los enemigos de la revolución

 

La urna también fue levantada y Bolívar apareció: Bolívar el Grande… El Libertador… El Genio de Colombia 

Fue un momento difícil de describir, ante la emoción que embargó el ambiente, ante la expectativa de volver a revivir los momentos de gloria cuando el pueblo volcaba su atención para ver al Bolívar de carne y hueso

En su interior: el esqueleto, pocos restos de vestido y algunos accesorios que fueron colocados para contener las vísceras de Bolívar luego de la autopsia… Visto su contenido, el Sr. Gobernado preguntó en voz alta al Dr. Reverend, médico del Libertador, y a Manuel Ujueta, Jefe Político en 1830, si en aquel cadáver reconocían el del Libertador de Colombia… Acto seguido, los prenombrados se inclinaron a constatar los restos: El Dr. Reverend reconoció el cráneo que él aserró de manera horizontal durante la autopsia para inspeccionar el cerebro, al igual que las costillas que mostraban las marcas oblicuas de la sierra para examinar el pecho: los huesos de las piernas y pies estaban cubiertos con las botas de campaña, la derecha todavía entera, la izquierda despedazada y sólo conservaba su parte interior: pedazos de galón decaídos se hallaban a los lados de los muslos, y listas de color verde de cobre oxidado, formaban líneas paralelas a éstos huesos… al  momento que se oyó: , contestaron ambos señores con voz conmovida. El señor Ujueta tenía los ojos llenos de lágrimas.

 

Se agrega a la verificación de los restos, que desde el 20 de diciembre de 1830, y durante los siguientes doce años, no hubo otra sepultura en la Catedral

 

Yo miraba con santa contemplación aquellas reliquias… Lloré… Un cadáver sólo quedaba… Volví el rostro y me sorprendió ver que yo no era el único… Que todos lloraban, excepto algunos sombríos en que estaba pintada la agitación del alma que no sabe llorar.… Santo silencio de respeto se respiraba en el ambiente mortuorio…

 

Pero de pronto..! el acto solemne no pudo contener a la multitud que se volcó alrededor del féretro para disputarse pedazos de la urna de madera

 

Todos guardamos una reliquia para la memoria del ausente padre. Testigos de un hecho grande para las otras generaciones, que no se pudo contener, y hubo esperar que cada quién disputara su impulso por llevar un recuerdo de ese memorable día… Luego que se controló a la multitud, los huesos se acuñaron con cojines de seda y una sábana cubrió los huesos para evitar que se desordenaran.

 

Santa Marta estaba conmovida con el hecho histórico, y muchos ciudadanos manifestaban su rabia por la profanación que se hacía en la Catedral

 

El cañón resonaba en la bahía, extendiendo sus voces hasta los confines del mar… Las campanas plañían dobles compasadas… Caían los pabellones de lo alto de sus mástiles… Las entenas de las embarcaciones se cruzaron…

Se levantó un acta de la exhumación y el cadáver fue cuidadosamente colocado en la urna cineraria que la Nueva Granada consagró a las reliquias de su Libertador

En un catafalco sencillo fue colocada la urna a la custodia de la compañía del Batallón N° 9

 

El sol había desaparecido bajo las ondas y sus reflejos daban un tinte purpurado a los pilares de la catedral… y a la luz de los cirios continuó la iglesia y fúnebre ceremonia hasta las ocho de la noche.

 

Hasta las diez de la noche permanecieron abiertas las puertas del templo… Todos los habitantes de la ciudad vinieron a tributar al Padre una ofrenda filial: una lágrima..!

 

Esa noche, el General Joaquín Posada le entregó al Dr. Vargas, una solicitud en los siguientes términos:

“Solicita el permiso para conservar la urna que contenía el corazón del Libertador, pues desean que la Nueva Granada conserve algo de tan preciosos restos, y si su petición es asequible, hará que dicha urna quede colocada en el mismo sepulcro que la contenía…”

La carta de fecha 20 de noviembre de 1842, tuvo respuesta el mismo día, para que la urna con el corazón de Bolívar fuese dejada en la nave central de la Catedral de Santa Marta.

Cabe señalar, que precisamente el General Posada ha sido el causante de la controversia sobre la exhumación de los restos del Libertador, cuando escribió en sus Memorias: “A nosotros nos quedó una pequeña caja de plomo que contenía el corazón y las entrañas de Bolívar… Abierta la urna, sólo contenía tierra, esa tierra o polvo en que nos hemos de convertir. En la Catedral de Santa Marta quedó, y allí debe quedar. Santa Marta debe conservarlo”… Y basado en este testimonio irresponsable, de quién era el Presidente de la Comisión de Nueva Granada para el acto de exhumación, es que muchos colombianos afirman que los restos de Bolívar permanecen aún en Santa Marta, y a Venezuela enviaron los de algún familiar de la familia Díaz-Granado para no decepcionar a los caraqueños, porque ello favorecía a Páez en su decaída popularidad al final de su período presidencial, cuando le correspondía entregar el gobierno.

Al amanecer del día 21, con el sol de las batallas que alumbró en Boyacá, Junín, Pichincha y Carabobo, se presentó nebuloso al comenzar el día, para presenciar la tristeza del pueblo que se preparaba a dar el adiós para siempre a su Libertador… Un sólo día más poseería Santa Marta el depósito sagrado que guardó doce años. Bolívar no dormiría por más tiempo el sueño eterno fuera de la tumba de sus mayores.

 

Los pabellones consulares colgaban a media asta, mientras el cañón repetía sus descargas cada cinco minutos… Los mismos personajes del día anterior llenaban el templo en la misma colocación indicada. El Sr. Pbro. José María Noriega pronunció una oración fúnebre, en la que del