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Los Estados Unidos
contra Simón Bolívar
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Por:
Carlos Bastidas Padilla
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Tomado de:
LETRALIA
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| La historia de
los pueblos es la historia de sus relaciones internacionales. Qué es si no
la historia de los Estados Unidos de América: la puesta en práctica de su
“Destino Manifiesto”, a costa de la arbitraria relación con los países
puestos a tiro de sus cañoneras y fusiles o de su diplomacia, unas veces
jesuítica y otras de chocante e insólita franqueza —o rudeza, para ser más
francos. La escalada expansionista fue iniciada hasta 1781 por los
presidentes Washington, Jefferson, Adams, Madison y Monroe, aprovechando las
disensiones de los países europeos y los conflictos de éstos con sus
colonias de ultramar. |
| Las trece
colonias de 1800, que se formaron desalojando a las naciones indias de sus
territorios, en 1803 se agrandaron con Nueva Orleans y Luisiana compradas a
Napoleón en guerra con Inglaterra y víctima de su poderío naval. En 1795,
por el temor de los españoles de que coaligados ingleses y norteamericanos
se apoderaran de Louisiana, consiguieron el deseado derecho a la navegación
por el río Mississipi. Desde entonces, “la premisa para las relaciones
comerciales universales fue la neutralidad. En caso de necesidad, declaraba
Washington, estarían justificadas las temporary alliances. Las permanent
alliances, por el contrario, sólo podrán redundar en perjuicio de América,
pues los europeos tenían algunos “intereses primarios” que no eran
compartidos por los americanos”.1 |
| Ahora ¡Canadá!
¡Canadá! ¡Canadá!, y Florida, gritaban en 1810 los productores de tabaco,
trigo y algodón, y para complacerlos, en 1812, Jefferson declaró la guerra a
Inglaterra dueña del Canadá; los ingleses se tomaron Washington y los
norteamericanos dejaron de desear al Canadá de la poderosa Inglaterra para
concretarse en la anexión de la Florida en poder de la apurada, decadente y
lejana España; sin dejar, desde luego, de soñar con la anexión de México y
Cuba. “México centellea ante nuestros ojos. Lo único que esperamos es ser
dueños del mundo”, había dicho John Adams en 1804. |
| Los proyectos
expansionistas de los Estados Unidos a costa de las posesiones españolas,
las entrevió muy bien don Luis de Onis, ministro de España en Washington,
cuando el 1º de abril de 1812, en nota reservada al virrey de Nueva España,
Francisco Javier de Venegas, le decía: “Cada día se van desarrollando más y
más las ideas ambiciosas de esta República (...) este gobierno no se ha
propuesto nada menos que el de fijar sus límites en la embocadura del río
Norte o Bravo, siguiendo su curso hasta el grado 31 y desde allí tirando una
línea recta hasta el mar Pacífico, tomándose por consiguiente las provincias
de Tejas, Nuevo Santander, Coahuila, Nuevo México y parte de la provincia de
Nueva Viscaya y la Sonora. Parecería un delirio este proyecto, pero no es
menos seguro que el proyecto existe, y que se ha levantado un plan de estas
provincias por orden del gobierno, incluyendo la isla de Cuba, como una
pertenencia natural de la República. Los medios que se adoptan para preparar
la ejecución de este plan son (...) la seducción, la intriga, los emisarios,
sembrar y alimentar las disensiones en nuestras provincias de este
continente, favorecer la guerra civil, y dar auxilios en armas y municiones
a los insurgentes...”.2 |
| El 25 de julio
de 1817, 150 patriotas venezolanos ocuparon la isla Amelia, en la Costa
Atlántica de los Estados Unidos, en poder de España, proclamaron la
República de Florida y designaron a Fernandina, su puerto principal, como
capital de la República; ante este feliz acontecimiento, Simón Bolívar le
remitió a Lino de Clemente, enviado especial del Libertador ante el gobierno
de los Estados Unidos, instrucciones para gestionar todos los asuntos
“políticos y comerciales” referidos a la nueva República. El 30 de marzo,
Mac Gregor, el libertador de Amelia, recibió instrucciones de Lino de
Clemente para ocupar un puerto en la Costa Oriental de Florida; con esa
acción se pretendía amenazar la ocupación de Cuba por España, auxiliar a los
patriotas de México y propiciar el desguarnecimiento militar de esa colonia
en caso del envío de tropas a Cuba amenazada por los republicanos, y se
controlaba el paso de embarcaciones con destino a las tropas realistas de
Venezuela, a más de las ventajas de tener un punto de acopio para los
víveres y las armas que podrían adquirirse en los Estados Unidos. |
| Y la reacción
de los Estados Unidos no se hizo esperar; el presidente Monroe empezó por
descalificar ante el Congreso de su país a los libertadores de Florida; los
llamó aventureros, fugitivos internacionales, piratas, esclavos que se
ocultaban; se aventuró a afirmar que no se había establecido en Amelia un
gobierno, sino un sistema de piratería que propiciaba el contrabando y la
rebelión de los seminolas contra los Estados Unidos. Al general Mac Gregor
que ocupó Amelia le libraron orden de captura y, en seguida, empezaron los
consabidos pretextos de los incidentes; por uno de ellos se acusó al buque
venezolano Tentativa de haber violado aguas territoriales estadounidenses, y
el comandante John Elton lo incendió. El comodoro J. D. Henley y el mayor J.
Bankhead, el 22 de diciembre le comunicaron al comandante Luis Aury, que
había sucedido a Mac Gregor en la misión de libertar a la Florida, la orden
que tenían de tomar la isla Amelia. Aury les contestó preguntándoles que sí
procedían en nombre del rey de España o de sus aliados. Al día siguiente las
fuerzas estadounidenses ocuparon la isla Amelia y el puerto de Galveston
(Tejas) que había tomado Aury. Así los Estados Unidos se anexaron la isla
Amelia. Después, tras someter a los seminolas, se apoderarán también de la
Florida que, prácticamente, ya en poder de los norteamericanos, la cedió
España. Se cumplirá también la previsión de Bolívar, cuando desde San
Cristóbal le escribió a Guillermo White en mayo de 1820: “La América del
Norte, siguiendo su conducta aritmética de negocios, aprovechará la ocasión
(la Revolución de España) para hacerse a las Floridas...”.3 Por eso,
mientras duraron las negociaciones, Estados Unidos se declaró “neutral” en
el conflicto emancipador hispanoamericano, y no quiso reconocer la
independencia de las ex colonias españolas, sino cuando el tratado sobre el
asunto de Florida quedó finiquitado con España; y cuando en 1822 reconoció
la independencia de estos países, ante la protesta del gobierno español, el
de los Estados Unidos, por intermedio de John Quincy Adams, contestó en nota
diplomática: “Este reconocimiento no se hace para invalidar los derechos de
España, ni de impedir el uso de los medios que aún esté dispuesta a emplear
para reunir aquellas provincias al resto de sus dominios”.4 |
| Pocos días
después de la proclamación de la República de Florida, una flotilla
venezolana capturó en el Orinoco las goletas norteamericanas Tigre y
Libertad, cuando llevaban armas y municiones de boca para el ejército
español, burlando así el bloqueo de la Guayana y Angostura que había
decretado Simón Bolívar y cuya disposición hizo conocer ampliamente en los
países hispanoamericanos y en los Estados Unidos. Las embarcaciones fueron
confiscadas, y ante el Libertador fueron infructuosas las gestiones del
gobierno de los Estados Unidos para que las naves fuesen devueltas. |
| En junio de
1818 llegó a Venezuela Juan Bautista Ivirne a tratar el asunto de la
devolución de las goletas; pero el Libertador se negó a recibirlo, de la
misma manera como el gobierno de Washington se negó a recibir a su enviado
plenipotenciario Lino de Clemente, por el asunto de la República de Florida.
Simón Bolívar obligó al agente norteamericano a un duelo epistolar (10
cartas), entre el 29 de junio y el 12 de octubre, cuando con desdén le
escribe que él (el Libertador) “tiene derecho a esperar que cese la
correspondencia”.5 |
| En la primera
carta se refiere a la opinión que el Libertador tenía de esos ciudadanos
norteamericanos “que olvidando lo que se debe a la fraternidad, a la amistad
y a los principios liberales que seguimos, han intentado y ejecutado burlar
el bloqueo y el sitio de las plazas de Guayana y Angostura, para dar armas a
unos verdugos y para alimentar a unos tigres, que por tres siglos han
derramado la mayor parte de la sangre americana (...). No son neutrales los
que prestan armas y municiones de boca y guerra a unas plazas sitiadas y
legalmente bloqueadas”.6 En la carta del 20 de agosto, después de hacer ver
que no puede haber neutralidad cuando se ayuda a una de las partes contra la
otra, decía que hablaba de la “conducta de los Estados Unidos del Norte con
respecto a los independientes del Sur, y de las rigurosas leyes promulgadas
con el objeto de impedir toda especie de auxilios que pudiéramos procurarnos
allí. Contra la lenidad de las leyes americanas se ha visto imponer una pena
de diez años de prisión y diez mil pesos de multa, que equivale a la de
muerte, contra los virtuosos ciudadanos que quisieron proteger nuestra
causa, la causa de la justicia, y de la libertad, la causa de América (...)
Mr. Corbett ha demostrado plenamente en su semanario la parcialidad de los
Estados Unidos a favor de la España en la contienda”.7 |
| Nutrida es la
correspondencia del Libertador en la cual deja en claro la perversa e
interesada conducta de los “albinos”, como llamaba a los norteamericanos; a
José Rafael Revenga: “Jamás conducta ha sido más infame que la de los
norteamericanos con nosotros” (San Cristóbal, 25-V-1820); a Rafael Urdaneta:
“Wilson me escribe que en los Estados Unidos no ha encontrado a nadie que
hablara en mi favor” (Guayaquil, 30-VII-1829); a Patrick Campbell: los
Estados Unidos “parecen destinados por la Providencia para plagar la América
de miserias a nombre de la Libertad” (Guayaquil, 5-VIII-1829); a Santander:
“Aborrezco a esa canalla de tal modo, que no quisiera que se dijera que un
colombiano hacía nada como ellos” (Potosí, 21-X-1825); al mismo
vicepresidente: “Y así, yo recomiendo a usted que haga tener la mayor
vigilancia sobre estos americanos que frecuentan las costas: son capaces de
vender a Colombia por un real si la tuvieran” (Magdalena, 13-VI-1826); en
fin, que los términos con los cuales los califica no bajan de “canalla”,
“belicosos”, “regatones”, “capaces de todo”, “egoístas”, “humillantes” y
“fratricidas”: “Ya que por su anti-neutralidad, la América nos ha vejado
tanto, exijámosle servicios que nos compensen sus humillaciones y
fratricidios. Pidamos mucho y mostrémonos circunspectos para valer más o
hacernos valer” (en la misma carta a Revenga). |
| Con razón el
Libertador no los invitó al Congreso Anfictiónico de Panamá; aunque, como le
decía a Santander, “este paso nos costará pesadumbres con los albinos”
(Ibarra, 23-XII-1822); pero el vicepresidente Santander —que en carta
enviada a Bolívar (La Laguna, 25-III-1819) se había dolido del “ceño
amenazador de Europa y de la indiferencia de los Estados Unidos” ante
nuestra independencia—, siguiendo su propio criterio, y en vista de que los
norteamericanos ya habían reconocido nuestro gobierno, los invitó a ese
Congreso que los mismos norteamericanos descalificaron, sabotearon, y se
dolieron de que no fueran ellos quienes lo presidiesen para oponerse a la
influencia del “dictador”, como llamaba William Tudor, cónsul de Estados
Unidos ante el gobierno del Perú, a Simón Bolívar, y también “usurpador”, el
“loco de Colombia” en quien no lograba entrever otra cosa que “su profunda
hipocresía”, “sus intereses particulares” y su destino ineludible de ser
recordado “como uno de los más rastreros usurpadores militares”. |
| Pero
“afortunadamente” para los Estados Unidos el Congreso de Panamá fracasó, y
fracasó Bolívar, así, decía Tudor: “los Estados Unidos se ven aliviados de
un enemigo peligroso en el futuro... si hubiera triunfado estoy persuadido
de que habríamos sufrido su animosidad”. Tomás S. Willimont, precónsul
inglés en el Perú, escribía al Conde de Dudley, secretario del Estado
Británico, en noviembre de 1826: “La maligna hostilidad de los yanquis hacia
el Libertador es tal, que algunos de ellos llevan la animosidad hasta el
extremo de lamentar abiertamente que allí donde ha surgido un segundo César
no hubiera surgido un segundo Bruto”. |
| Capítulo aparte
merece el estudio de la conspiración y el espionaje contra Bolívar que,
después de la “noche septembrina”, inició el ministro de los Estados Unidos
ante la República de Colombia, Mr. Harrison, con los enemigos del
Libertador; y fue tan “franca” y agresiva su conducta, y tan descarada su
intromisión en los asuntos internos del país, que desde Popayán (22-XI-1829)
el Libertador le escribía a su ministro de Relaciones Exteriores, Estanislao
Vergara: “Dirijo a usted original de una carta que he recibido del señor
Harrison con el objeto de que usted se sirva presentarla a Consejo para que
delibere sobre ella, si lo estima conveniente. Este señor, siendo un
ministro extranjero, pretende mezclarse de un modo muy directo y por una
nota semioficial en nuestros negocios”.8 Los Estados Unidos fueron desde un
principio enemigos de la independencia de los países al sur del río Bravo,
porque la emancipación de estas colonias favorecía los intereses económicos
de Inglaterra; ya en 1781 Jefferson había dicho que la independencia de los
países hispanoamericanos “era necesario posponerla hasta que los Estados
Unidos puedan beneficiarse de ella y no Inglaterra”. |
| En fin, en la
mutua animosidad del Libertador y los Estados Unidos se patentiza, por un
lado, la tendencia hegemónica y expansionista de los Estados Unidos; por
otro, la concepción bolivariana de una Gran Patria Americana conformada por
países “antes colonias españolas” y unidas con vínculos de sangre, de
religión y de costumbres, y en donde lo que debamos o tengamos que hacer ha
de tener el sabor de nuestro propio vino, que no tiene que oler al rancio de
los bebedores y glotones de los reinos de la Intromisión, la Anexión, la
Grosera Franqueza y la Libertad y Democracia a Nuestro Modo. |
| Es cierto que
lo que Bolívar no alcanzó a hacer, está por hacerse; y lo que está por
hacerse, a la par del logro de la libertad que jamás la ha tenido el pueblo,
es alcanzar el respeto internacional por nuestros recursos naturales, por
nuestras costumbres, por nuestras leyes y por nuestros propios errores que
para enmendarlos no precisan de las visas para entrar a ningún reino de la
fantasía y la gaseosa. Lo que Bolívar no hizo, está por hacerse, y lo que
está por hacerse, es lo que Bolívar hizo... |
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Por:
Carlos Bastidas Padilla
(*)
Tomado de:
LETRALIA
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Notas
- Los Estados
Unidos de América. Historia Universal Siglo XXI, vol. 30. México,
1979; p. 55.
- Documentos
para la historia de la vida pública del Libertador, compilación de
José Félix Blanco y Ramón Azpúrua. vol. III. Caracas. Ediciones
Presidencia de la República, 1978; p. 608.
- Bolívar,
Simón. Cartas del Libertador, vol. III. Compilación y notas de
Vicente Lecuna. Caracas. Tipografía del Comercio, 1930; p. 232.
- Documentos,
vol. VIII. Op. cit., p. 232.
- Bolívar. Op.
cit. vol. XI; p. 158.
- Ibid., p.
126.
- Ibid., p.
135, 136.
- Ibid., vol.
III., p. 192.
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Carlos Bastidas Padilla
Docente
colombiano. Es profesor en la Universidad del Cauca. En 1975 obtuvo el
Premio Casa de las Américas con el libro de cuentos Las raíces de la
ira. Entre otros libros, ha publicado El intrépido Simón, novela
histórica juvenil sobre Simón Bolívar; La canción del haragán, novela
juvenil; Érase una vez el libro. La historia del libro contada a los
niños como un cuento; La casa de Tántalo, mitología griega, y Permítame
que la muerda, señorita, cuentos humorísticos.
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