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Muchos venezolanos han leído la conmovedora historia del francés Henri Charriere, apodado Papillón,
quien fue injustamente encarcelado durante 14 años en Francia, y que luego huyó hace 53 años
a Venezuela, donde se construyó una vida de optimismo, amor y orgullo en su nuevo país.
Escuchemos a Papillón:
'A las cuatro de la tarde del día siguiente llegamos a Caracas. Estaba en la gran ciudad. El movimiento,
las multitudes, el ir y venir de miles y miles de personas, todo me cautivó de inmediato'.
'1931, París. 1946, Caracas. Quince años habían pasado desde que había visto una genuina
gran ciudad. Era una ciudad encantadora, Caracas, hermosa con sus casas coloniales; se extendía por el valle,
rodeada por las montañas del Avila'.
'Venezuela tiene otras cosas, además de petróleo, como hierro y otras materias primas; también
posee un vasto recurso en sus hombres, cuya meta es liberar a su país completamente de toda forma de presión
económica'.
'Los jóvenes universitarios sólo anhelan la justicia social y la transformación radical de
su país. Su fe es enorme y confían en lograr el éxito sin socavar los fundamentos de la verdadera
libertad confían en llevar la felicidad a toda la nación sin caer en una dictadura de la extrema
derecha o de la extrema izquierda'.
Papillón se convirtió en un chef autodidacta y en un prominente dueño de hoteles en Caracas
y Maracaibo.
'Venezuela también es un país ideal para la clase de turismo que se debe desarrollar en los próximos
años. Todo está a su favor sus playas de arena coralina; su sol, que supera el de cualquier otro
país: miles de islas; una gente receptiva y hospitalaria sin el menor indicio de racismo...En pocas palabras,
Venezuela es tan rica que el país en realidad no necesita un político en el timón, sino un
buen contador (énfasis mío), quien usaría las ganancias del petróleo para construir
fábricas y aumentar así el mercado laboral para todos los que necesitan o quieren trabajar'.
'Fue un lunes, 5 de julio de 1956, para ser exactos, cuando nos llegó la más maravillosa noticia:
el Ministerio del Interior me informó que mi petición de naturalización había sido
concedida'.
'Recordé lo que la nación venezolana me había dado, ayuda tanto material como espiritual,
sin nunca decir algo sobre mi pasado. Recordé la leyenda de los yanomami indios que viven en la frontera
con Brasil según la cual son los hijos de Peribo, la Luna. Cuando el gran guerrero Peribo estaba en peligro
de morir por las flechas de sus enemigos, saltó tan alto para escapar de la muerte que se elevó mucho
en el cielo, aunque había resultado herido. Siguió ascendiendo, y de sus heridas cayeron gotas de
sangre que se convirtieron en yanomamis al tocar la tierra. Sí, pensé en esa leyenda, y me pregunté
si Simón Bolívar, el Libertador de Venezuela, no habría esparcido también su sangre
para dar nacimiento a una raza de hombres generosos y de corazón abierto, transmitiéndoles lo mejor
de sí'.
Los niños de hoy harían bien en leer la historia de Papillón. Es una aventura estimulante
y maravillosa sobre una persona que ascendió de una vida de corrupción a un lugar de honor, quien
nunca perdió su pasión por la vida, su compromiso con la justicia y los elementos que seguramente
salvaron su vida: sabiduría y buen humor.
En cuanto a los niños de ayer, los venezolanos nacidos hace 60, 50 o 40 años, deberían preguntarse:
'¿Dónde está la Venezuela de Papillón? ¿A dónde se fue? ¿Cómo
podemos encontrarla de nuevo?'. |