Trasunto de las cosas

La vida bonchona de Miranda

Jesús Rosas Marcano


Miranda en la Carraca

Francisco de Miranda llega a Cádiz el 10 de marzo de 1771. Sus cheques viajeros son treinta fanegas de cacao que su padre le puso en el barco. Tiene 21 años y comienza una vida de dandy. El primer par de medias adquirido cuesta 64 pesos (un peso es un dólar). Sus trajes son de cachemira.

Obtuvo el grado de capitán del Regimiento de la Princesa el 7 de diciembre de 1772. Por ese grado pagó ochenta y cinco mil reales de vellón.

Desde su arribo a Cádiz hasta su regreso a Londres vía Trinidad, 1806, Miranda facturó un millar de novias y/o barraganas. Muchas Manuelas, muchas Cármenes, muchas Pepas... Un rosario de Rocíos, Aídas, Briseidas, Catherines, Felícitas, Gertrudis, Berenices, Brunildas, Sherezades, Zelindes, Agnés, Ofelias. En 1772, su amiga madrileña es María Teresa. Ella le escribe: "En ti tengo mis cinco sentidos, mi corazón y mi pensamiento".

La última amiga consignada en su Diario es lady Stanhope, 1810, sobrina del ministro William Pitt. De ella anota Miranda: "Una de las más deliciosas mujeres que he conocido en mi vida. Es ella ciertamente una rareza entre su sexo". La gran dama se convirtió en Londres en protectora de los hijos del Precursor con Sarah Adrews, la fiel "Ama de llaves".

En Venecia, el criado le dice a una visitante vespertina a quien Miranda esperaba como Amnón a Thamar, "llenas las ingles de espuma y oscilaciones la barba": -El señor no está. El ultramarino lo paseó a fuetazos. Aprendida la lección, el valet dejaba pasar luego cuanta damisela asomaba.

En la fortaleza de Patrás, Atenas, el comandante Mehemet Aga le ofrece dos jardines, uno de rosas y otro de hembras... ¿Cuál prefiere? Mientras disfruta de las danzas sensuales de las sherezades niñas, fija para anotar luego, de ser más sibaritas que las negras gluteadas, que le bailaron el "Juan Garandé", en Guantánamo y La Habana.

En Santa Sofía le da guillado a un genízaro una puñada de piastras para que lo deje entrar a los Serrallos, prohibidos a los extranjeros.

En un paseo vespertino campestre por Gotemburgo, su guía en la calesa es la madama del obispo Wingar. El coche del obispo se ha alejado, mientras que la calesa se ha volcado en el fango cuando la pareja compartía delicias amorosas. Los dos embadurnados de barro, gozaban y reían en espera de auxilio. Bien dormido estaba el obispo cuando encontraron a los tortolitos accidentales bajo una misma capa.

La condesa de Texier, embriagada con su aliento, le preguntó una vez al general Miranda qué hacía él para conservar esa dentadura tan blanca; y ella, con todos los cuidados que se prodiga tiene sus dientes negros como el carbón.

Menos mal que no llegó a verle la boca a su desdichado amor durante los días de reclusión en el Arsenal de la Carraca. El pobre don Francisco estaba desdentado, con úlceras en las encías y llaguitas en los labios, consecuencia fatal del escorbuto que padeció y de la privación de las vianditas frescas que siempre apeteció.

EL NACIONAL - LUNES 13 DE MARZO DE 2000 

Vuelve al inicio

© Copyright Johannes W. de Wekker  junio, 2004